Back Roseanna
Chapters (33)
  1. Sjowall amp; Wahlöö - Roseanna
  2. INTRODUCCIÓN
  3. Capítulo 1
  4. Capítulo 2
  5. Capítulo 3
  6. Capítulo 4
  7. Capítulo 5
  8. Capítulo 6
  9. Capítulo 7
  10. Capítulo 8
  11. Capítulo 9
  12. Capítulo 10
  13. Capítulo 11
  14. Capítulo 12
  15. Capítulo 13
  16. Capítulo 14
  17. Capítulo 15
  18. Capítulo 16
  19. Capítulo 17
  20. Capítulo 18
  21. Capítulo 19
  22. Capítulo 20
  23. Capítulo 21
  24. Capítulo 22
  25. Capítulo 23
  26. Capítulo 24
  27. Capítulo 25
  28. Capítulo 26
  29. Capítulo 27
  30. Capítulo 28
  31. Capítulo 29
  32. Capítulo 30
  33. RESEÑA BIBLIOGRÁFICA

Una hora más tarde se presentó en el despacho de su jefe.

—¿Habéis avanzado algo?

—No. No hemos averiguado nada. Ni quién es, ni dónde la mataron y menos aún quién lo hizo. Sabemos más o menos cuándo y cómo sucedió, eso es todo.

Hammar había posado las palmas de las manos sobre la mesa y estudiaba sus uñas con el ceño fruncido. Le sacaba quince años a Martin Beck, un hombre bastante grueso, de pelo canoso y abundante, y cejas muy pobladas. Era un buen jefe, tranquilo, a veces incluso un poco lento, y se llevaban bien. El comisario Hammar cruzó las manos y alzó la vista hacia Martin Beck.

—Mantente en contacto con Motala. Probablemente será como tú dices, la mujer se marchó de vacaciones y la gente cree que está de viaje, tal vez en el extranjero. Pueden pasar por lo menos quince días hasta que alguien la eche de menos. Eso calculando que disfrutaba de tres semanas libres. Pero me gustaría disponer de tu informe cuanto antes.

—Lo tendré listo esta tarde.

Martin Beck entró en su despacho, quitó la funda a la máquina de escribir, pasó un rato hojeando las copias que le había dado Ahlberg y se puso a escribir.

A las cinco y media sonó el teléfono.

—¿Vienes a cenar?

—Creo que no.

—¿No hay más policías que tú? —se quejó su esposa—. ¿Es que debes hacerlo todo? ¿Cuándo tienen previsto que veas a tu familia? Los niños preguntan por ti.

—Intentaré estar en casa a las seis y media.

Un par de horas más tarde terminó el informe.

—Vete y acuéstate —le dijo Hammar—. Pareces cansado.

Martin Beck lo estaba. Cogió un taxi para ir a casa, cenó y se fue a la cama. Se durmió enseguida.

A la una y media de la madrugada, sonó el teléfono.

—¿Estabas durmiendo? Siento despertarte. Sólo quería avisarte que ya está resuelto. Se presentó voluntariamente.

—¿Quién?

—Holm, el vecino. Su marido. Se vino abajo. Celos. ¿A que es raro?

—¿El vecino de quién? ¿De quién estás hablando?

—De la tía de Storängen, ¿de quién va a ser? Sólo quería decírtelo para que no te quedaras despierto toda la noche comiéndote la cabeza… ¡Dios mío! ¿Me he equivocado?

—Sí.

—Joder, es verdad. Tú no estuviste. Fue Stenstrom. Lo siento. Hasta mañana.

—Gracias por llamar, ha sido un detalle.

Volvió a la cama, pero ya no pudo dormir. Se quedó mi rando el techo escuchando los ronquidos de su mujer. Se sentía vacío y desesperado.

Cuando los rayos de sol il uminaban el dormitorio, se dio media vuelta pensando: mañana hablaré con Ahlberg.