Chapters (33)
- Sjowall amp; Wahlöö - Roseanna
- INTRODUCCIÓN
- Capítulo 1
- Capítulo 2
- Capítulo 3
- Capítulo 4
- Capítulo 5
- Capítulo 6
- Capítulo 7
- Capítulo 8
- Capítulo 9
- Capítulo 10
- Capítulo 11
- Capítulo 12
- Capítulo 13
- Capítulo 14
- Capítulo 15
- Capítulo 16
- Capítulo 17
- Capítulo 18
- Capítulo 19
- Capítulo 20
- Capítulo 21
- Capítulo 22
- Capítulo 23
- Capítulo 24
- Capítulo 25
- Capítulo 26
- Capítulo 27
- Capítulo 28
- Capítulo 29
- Capítulo 30
- RESEÑA BIBLIOGRÁFICA
El hombre miró a su alrededor nervioso.
—¿De qué sirve? —repitió—. Cómo puede uno vivir cuando todos…
—¿Por qué ha hecho cortes en esas fotos? —insistió Martin Beck subiendo el tono.
—Eso a usted no le importa —replicó histérico—. ¡Hijo de puta! ¡Cerdo lascivo!
—¿Por qué?
—Castigar. Le voy a castigar a usted también.
Dos minutos de silencio. Luego Martin Beck explicó con amabilidad:
—Mató a la mujer del barco. No se acuerda, pero yo le voy a ayudar a recordar. El camarote era muy pequeño y estrecho, estaba poco iluminado. El barco pasaba por un lago, ¿verdad?
—El Boren —aclaró el hombre.
—Estuvo en su camarote y allí le quitó la ropa.
—No. Ella misma lo hizo. Empezó a desnudarse. Quería contagiarme su impureza. Era repugnante.
—La castigó —afirmó Martin Beck sereno.
—Sí. La castigué. ¿No me entiende? Ella tenía que ser castigada, era obscena e indecente.
—¿Cómo la castigó? ¿La mató, verdad?
—Ella merecía morir. Quería ensuciarme a mí también. Hacía alarde de su desvergüenza. No lo entiende —gritó—. Tenía que matarla. Tenía que matar su cuerpo impuro.
—¿No temía que pudieran verle a través de la portilla?
—No había portilla. No tenía miedo. Sabía que hacía bien, la culpa fue suya. Se lo merecía.
—Cuando la asesinó, ¿qué hizo con ella?
El hombre se desplomó en la silla murmurando:
—No me torture más. ¿Por qué tiene que hablar de eso sin parar? No me acuerdo.
—¿Salió de la cabina después del asesinato?
La voz de Martin Beck sonaba suave y tranquilizadora.
—No. Sí. No me acuerdo.
—Se encontraba desnuda en la litera, ¿verdad? Usted la había matado. ¿Se quedó en el camarote?
—No, salí. No lo sé.
—¿Dónde estaba el camarote?
—No me acuerdo.
—¿Debajo de la cubierta?
—No, al fondo…, al fondo de… en el extremo de la popa, en la cubierta.
—¿Qué hizo con ella una vez muerta?
—No me haga esas preguntas —se quejó como un niño pequeño—. No fue mi culpa. La culpa la tuvo ella.
—Sé que la mató y lo ha reconocido. ¿Qué hizo luego con ella? —insistió Martin Beck amablemente.
—La tiré al agua, no soportaba verla —gritó el hombre con vehemencia.
Martin Beck le observó tranquilo.
—¿Dónde? —preguntó—. ¿Dónde se encontraba el barco en ese momento?
—No lo sé. La tiré al agua, simplemente.
Se desplomó y se puso a llorar.
—No soportaba verla. No soportaba verla —repetía de forma monótona mientras las lágrimas le resbalaban por las mejillas. Martin Beck apagó el magnetófono, levantó el auricular y llamó a los agentes de guardia.
Cuando se hubieron llevado al hombre que había matado a Roseanna McGraw, Martin Beck encendió un cigarrillo. Se quedó inmóvil con la mirada perdida en el vacío.