Chapters (33)
- Sjowall amp; Wahlöö - Roseanna
- INTRODUCCIÓN
- Capítulo 1
- Capítulo 2
- Capítulo 3
- Capítulo 4
- Capítulo 5
- Capítulo 6
- Capítulo 7
- Capítulo 8
- Capítulo 9
- Capítulo 10
- Capítulo 11
- Capítulo 12
- Capítulo 13
- Capítulo 14
- Capítulo 15
- Capítulo 16
- Capítulo 17
- Capítulo 18
- Capítulo 19
- Capítulo 20
- Capítulo 21
- Capítulo 22
- Capítulo 23
- Capítulo 24
- Capítulo 25
- Capítulo 26
- Capítulo 27
- Capítulo 28
- Capítulo 29
- Capítulo 30
- RESEÑA BIBLIOGRÁFICA
—¿Y?
—Estuve en varios sitios, dos semanas en la costa oeste, por ejemplo. Suelo ir a pescar cuando tengo vacaciones. En invierno también al menos una semana.
—¿Cómo viajó? ¿En coche?
El hombre sonrió.
—No, no tengo coche. Ni siquiera permiso de conducir. Fui en ciclomotor.
Martin Beck se quedó callado un momento.
—No está nada mal, yo mismo he tenido ciclomotor durante varios años. ¿Qué marca conduce?
—Entonces tenía un Monarped de Monark, pero cambié este otoño.
—¿Se acuerda cómo pasó sus vacaciones?
—Sí, claro. Al principio me quedé una semana en Mem, en la costa este, justo en el nacimiento del Canal de Gota. Luego me fui a Bohuslän.
Martin Beck se levantó y se acercó a la garrafa de agua, que estaba encima del archivador, al lado de la puerta. Echó un vistazo a Melander. Volvió. Quitó la funda al magnetófono y conectó el micrófono. Melander se guardó la pipa en el bolsillo del pecho y se marchó. El hombre se quedó mirando al aparato.
—¿Fue en barco desde Mem hasta Gotemburgo?
—No, desde Söderköping.
—¿Cómo se llamaba el barco?
— Diana.
—¿Qué día subió a bordo?
—No me acuerdo demasiado bien. En los primeros días de julio.
—¿Ocurrió algo fuera de lo normal durante el viaje?
—No, que yo recuerde.
—¿Está seguro? Haga memoria.
—Sí, es verdad, hubo una avería en las máquinas, pero fue antes de que yo subiera a bordo. Iba retrasado. Si no, no me hubiera dado tiempo a cogerlo.
—¿Qué hizo en Gotemburgo?
—El barco llegó muy temprano por la mañana. Me dirigí a un pueblo que se llama Hamburgsund. Allí tenía una habitación reservada a través de una agencia.
—¿Cuánto tiempo se quedó?
—Dos semanas.
—¿Qué hizo durante esas dos semanas?
—Pescar todo lo que pude. Hizo mal tiempo.
Martin Beck abrió el cajón de Kollberg y sacó las tres fotografías de Roseanna McGraw.
—¿Reconoce a esta mujer?
El hombre miró las fotos, una tras otra. Ni se inmutó.
—Me parece familiar —reconoció—. ¿Quién es?
—Estaba a bordo del Diana.
—Sí, creo recordarla —dijo el hombre con indiferencia.
Volvió a mirar las fotos.
—Pero no estoy seguro. ¿Cómo se llama?
—Roseanna McGraw. Era estadounidense.
—Ahora me acuerdo. Sí, es verdad. Iba a bordo. Hablé con ella alguna vez. Lo mejor que pude, claro.
—¿No ha visto ni oído su nombre desde entonces?
—No, la verdad es que no. O sea, hasta ahora.
Martin Beck captó la mirada del hombre y la retuvo. Era fría, tranquila e inquisitiva.
—¿No sabe que Roseanna McGraw fue asesinada precisamente durante ese viaje?
Un sutil aunque perceptible cambio de expresión recorrió el rostro del hombre.
—No —aseguró al final—, la verdad es que no lo sabía.
Arqueó las cejas.
—¿Es verdad eso? —preguntó de repente.
—Parece muy extraño que no haya oído hablar del asunto. Sinceramente no le creo.
A Martin Beck le dio la sensación de que el hombre había dejado de prestarle atención.
—Claro, ahora entiendo por qué me han buscado.