Chapters (33)
- Sjowall amp; Wahlöö - Roseanna
- INTRODUCCIÓN
- Capítulo 1
- Capítulo 2
- Capítulo 3
- Capítulo 4
- Capítulo 5
- Capítulo 6
- Capítulo 7
- Capítulo 8
- Capítulo 9
- Capítulo 10
- Capítulo 11
- Capítulo 12
- Capítulo 13
- Capítulo 14
- Capítulo 15
- Capítulo 16
- Capítulo 17
- Capítulo 18
- Capítulo 19
- Capítulo 20
- Capítulo 21
- Capítulo 22
- Capítulo 23
- Capítulo 24
- Capítulo 25
- Capítulo 26
- Capítulo 27
- Capítulo 28
- Capítulo 29
- Capítulo 30
- RESEÑA BIBLIOGRÁFICA
Capítulo 27
Fueron unas navidades grises. El hombre llamado Folke Bengtsson pasó las fiestas con su madre en Södertälje. Martin Beck no dejó de pensar en él, incluso durante la misa del gallo o sudando a mares tras la máscara de Papá Noel. Kollberg abusó de la comida y estuvo ingresado tres días en el hospital de Söder.
Ahlberg llamó al segundo día de las vacaciones, estaba ebrio.
Los periódicos habían publicado algunas columnas confusas y desapasionadas donde se insinuaba que el asesinato del canal se estaba resolviendo en Estados Unidos, y que la policía sueca ya no tenía motivos para seguir trabajando en el caso.
El tradicional asesinato de Nochevieja sucedió en Gotemburgo y se esclareció en menos de veinticuatro horas. Kafka envió una postal enorme y repugnante de color morado que representaba a un ciervo ante una puesta del sol. Ahlberg, policía de la ciudad de Motala, pasó a depender temporalmente de la de la Brigada Criminal del Estado.
El día siete de enero tenía el aspecto de todos los sietes de enero. Las calles llenas de gente corriente, congelada y sin un duro en el bolsillo.
Las rebajas habían empezado, pero las tiendas se hallaban prácticamente vacías. Además, el día amaneció nublado y muy frío.
El siete de enero era el día D.
Por la mañana, Hammar inspeccionó sus tropas. Luego preguntó:
—¿Cuánto tiempo durará este simulacro?
—Hasta que tenga éxito —respondió Ahlberg.
—Eso es fácil de decir para ti, que estás en comisión de servicios.
Hammar pensó en todos los imprevistos que podían surgir. Cuando necesitara a Martin Beck y a Kollberg para otras tareas. O a Melander y a Stenström, quienes, por lo menos a ratos, también estarían ocupados en esta misión. Sin duda pronto empezarían también las broncas con la tercera sección para que le devolviéramos a la agente Hansson.
—Buena suerte, niños —concluyó.
Al rato sólo quedó Sonja Hansson. Estaba resfriada y se sonaba la nariz en el sillón de visitas. Martin Beck la miraba. Llevaba botas, un traje sastre y leotardos negros.
—¿Vas a ir así? —refunfuñó.
—No, iré a casa a cambiarme primero. Pero quiero dejar claro una cosa. El tres de julio del año pasado era verano y ahora es invierno. Puede que parezca un poco raro si irrumpo en una empresa de transportes con gafas de sol y bikini pidiendo que me trasladen una cómoda.
—Hazlo lo mejor que sepas. Lo importante es que entiendas bien la idea.
Se quedó en silencio un momento.
—Si es que lo he entendido yo mismo —añadió.
La mujer le observó pensativa.
—Creo que lo comprendo —reconoció al final—. He leído cada palabra que se ha escrito sobre ella una y otra vez. He visto la película por lo menos diez veces. He elegido ropa y llevo horas practicando delante del espejo. Pero parto con poca ventaja, su carácter era totalmente diferente. Sus costumbres también. Ni he llevado su vida ni lo voy a hacer. Pero lo haré lo mejor que pueda.