Chapters (33)
- Sjowall amp; Wahlöö - Roseanna
- INTRODUCCIÓN
- Capítulo 1
- Capítulo 2
- Capítulo 3
- Capítulo 4
- Capítulo 5
- Capítulo 6
- Capítulo 7
- Capítulo 8
- Capítulo 9
- Capítulo 10
- Capítulo 11
- Capítulo 12
- Capítulo 13
- Capítulo 14
- Capítulo 15
- Capítulo 16
- Capítulo 17
- Capítulo 18
- Capítulo 19
- Capítulo 20
- Capítulo 21
- Capítulo 22
- Capítulo 23
- Capítulo 24
- Capítulo 25
- Capítulo 26
- Capítulo 27
- Capítulo 28
- Capítulo 29
- Capítulo 30
- RESEÑA BIBLIOGRÁFICA
—¿Entonces se trata de nuestro hombre?
—Bueno, se parece bastante al de la película.
Martin Beck se mecía en la silla.
—Vale, vamos a buscarlo.
—¿Ahora?
—Sí.
—¿Quién?
—Tú. Después del trabajo. No queremos que desatienda sus obligaciones en la oficina. Llévale a tu despacho y le preguntas los datos personales. Cuando hayas acabado, me llamas.
—¿Línea suave?
—Por supuesto.
Dieron las nueve y media el catorce de diciembre. El nombre del día según el calendario era Sten y Martin Beck había soportado la celebración tardía de Santa Lucía organizada por la policía, un bollo de azafrán pastoso y dos copitas de un soso glöggsin apenas alcohol.
Lla mó al fiscal provincial de Linköping y a Ahlberg de Motala y, con cierta sorpresa, les oyó decir a los dos: «Voy para allá».
Se presentaron sobre las tre s. El fiscal había pasado por Motala a recoger a Ahlberg. Intercambió unas palabras con Martin Beck y se fue a ver a Hammar.
Ahlberg estuvo sentado en el sillón de visitas durante dos horas, pero no se comentó nada de interés. Ahlberg preguntó:
—¿Crees que es él?
—No lo sé.
—Tiene que serlo.
—Ya.
A las cinco menos cinco llamaron a la puerta. Eran el fiscal provincial y Hammar.
—Estoy convencido de que llevas razón —reconoció el fiscal—. Emplea el método que te parezca más apropiado.
Martin Beck asintió con la cabeza.
A las seis menos veinte sonó el teléfono.
—Hola —dijo Kollberg—, ¿puedes subir? El señor Folke Bengtsson, ya te hablé de él, está aquí.
Martin Beck colgó y se levantó. Ya en la puerta, se dio la vuelta y miró a Ahlberg.
Ninguno pronunció palabra alguna.
Subió las escaleras muy despacio. A pesar de los miles de interrogatorios que había realizado en su vida, sintió un extraño estremecimiento en el diafragma y en la parte izquierda del pecho.
Kollberg se había quitado la americana y tenía los codos apoyados en la mesa, se mos traba tranquilo y jovial. Melander les daba la espalda, mientras se ocupaba tranquilamente de sus papeles.
—Éste es Folke Bengtsson —dijo Kollberg poniéndose de pie.
—Beck.
—Bengtsson.
Un apretón de manos rutinario. Kollberg se puso la americana.
—Yo me voy. Hasta luego.
—Hasta luego.
Martin Beck se sentó. Había un papel en la máquina de escribir de Kollberg. Lo subió un poco y leyó: Folke Lennart Bengtsson, director administrativo, nacido el 6 de julio de 1926 en la parroquia Gustav Vasa, Estocolmo. Soltero.
Observó al hombre. Ojos azules, una cara bastante corriente. Algunas canas en el pelo. Ausencia de nerviosismo. En general, nada especial.
—¿Sabe usted por qué le hemos pedido que viniera?
—La verdad es que no.
—Es posible que nos pueda ayudar con un asunto.
—¿Y de qué asunto se trata?
Martin Beck dirigió la mirada hacia la ventana y dijo:
—Empieza a nevar en serio.
—Sí, desde luego.
—¿Dónde se encontraba usted la primera semana de julio de este año? ¿Se acuerda?
—Debería. Tenía vacaciones. La empresa donde trabajo cierra cuatro semanas a partir de San Juan.