Chapters (33)
- Sjowall amp; Wahlöö - Roseanna
- INTRODUCCIÓN
- Capítulo 1
- Capítulo 2
- Capítulo 3
- Capítulo 4
- Capítulo 5
- Capítulo 6
- Capítulo 7
- Capítulo 8
- Capítulo 9
- Capítulo 10
- Capítulo 11
- Capítulo 12
- Capítulo 13
- Capítulo 14
- Capítulo 15
- Capítulo 16
- Capítulo 17
- Capítulo 18
- Capítulo 19
- Capítulo 20
- Capítulo 21
- Capítulo 22
- Capítulo 23
- Capítulo 24
- Capítulo 25
- Capítulo 26
- Capítulo 27
- Capítulo 28
- Capítulo 29
- Capítulo 30
- RESEÑA BIBLIOGRÁFICA
Cuando llegó el periódico matinal, ya estaba afeitado y vestido. Iba por la sección de deportes cuando llamó Ahlberg.
—Lo tenemos aquí. Se hace el duro. No dice nada. No me cae precisamente bien. Por cierto, he hablado con el fiscal provincial. Me dijo que si necesitábamos un interrogador experto, te pidiéramos a ti que vinieras. Y creo que resulta indispensable.
Martin Beck echó un vistazo a su reloj. Se sabía de memoria el horario de trenes.
—Vale, me da tiempo a coger el tren de las siete y media. Nos veremos. Hasta luego.
Pasó antes por Kristineberg con el taxi para recoger la carpeta con las actas de declaración y los expedientes personales. A las siete y veinticinco estaba en el tren.
Karl Åke Eriksson-Stolt nació en la parroquia de Katarina hace veintidós años. Su padre murió cuando tenía seis años y al año siguiente, su madre y él se mudaron a Hagalund. Era hijo único. Su madre, de profesión costurera, lo cuidó hasta que terminó el colegio. El único profesor que se acordaba de él lo describió como un chico nada listo, revoltoso e insolente. Después del colegio, tuvo varios empleos, la mayoría como mensajero u obrero de la construcción. Al cumplir los dieciocho años, se enroló de marinero, su primer viaje como grumete, luego de fogonero. Los oficiales del barco no tenían nada especial que decir acerca de él. Un año más tarde volvió a casa de su madre, quien lo mantuvo hasta que unos meses después tuvo que hacerlo el Estado. En abril de 1963 salió de la cárcel de Långholmen.
Martin Beck había estudiado las actas de declaración el día anterior, pero las volvió a repasar con detenimiento una vez más. En la carpeta había también un informe de un psiquiatra forense. Redactado de forma bastante escueta, hablaba fundamentalmente de inestabilidad, letargo y frío emocional. Además, Karl Åke Eriksson-Stolt tenía predisposición psicopática y un instinto sexual fuertemente desarrollado, combinación que podía generar comportamientos anormales.
Martin Beck fue andando desde la estación de tren directamente hasta la comisaría y a las once menos diez llamó a la puerta del despacho de Ahlberg. El comisario Larsson estaba con él. Se les notaba cansados y preocupados, y parecían aliviados de poder pasar la pelota a otra persona. Ninguno de los dos había conseguido sacarle nada a Eriksson, excepto alguna que otra palabrota.
Ahlberg echó una ojeada a los expedientes personales. Al cerrar la carpeta, Martin Beck preguntó:
—¿Conseguiste localizar al otro fogonero?
—Sí, en cierta manera sí. Trabaja en un barco alemán que está ahora en Hoek van Holland. Llamé a Amsterdam esta mañana y hablé con un comisario que sabía un poco de alemán. Tendrías que oír mi alemán. Si no he entendido mal, hay un chico que habla danés en La Haya que podría encargarse del interrogatorio. Si es que él me ha entendido bien a mí. En ese caso, mañana tendremos noticias.
Ahlberg pidió que les subieran café y después de tomar dos tazas Martin Beck dijo: