Back Roseanna
Chapters (33)
  1. Sjowall amp; Wahlöö - Roseanna
  2. INTRODUCCIÓN
  3. Capítulo 1
  4. Capítulo 2
  5. Capítulo 3
  6. Capítulo 4
  7. Capítulo 5
  8. Capítulo 6
  9. Capítulo 7
  10. Capítulo 8
  11. Capítulo 9
  12. Capítulo 10
  13. Capítulo 11
  14. Capítulo 12
  15. Capítulo 13
  16. Capítulo 14
  17. Capítulo 15
  18. Capítulo 16
  19. Capítulo 17
  20. Capítulo 18
  21. Capítulo 19
  22. Capítulo 20
  23. Capítulo 21
  24. Capítulo 22
  25. Capítulo 23
  26. Capítulo 24
  27. Capítulo 25
  28. Capítulo 26
  29. Capítulo 27
  30. Capítulo 28
  31. Capítulo 29
  32. Capítulo 30
  33. RESEÑA BIBLIOGRÁFICA
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—No lo sé. La verdad, no me acuerdo. Quizá cenamos.

—¿Se sentaron en la misma mesa?

—No creo. No me acuerdo.

—Inténtelo.

—No, no lo sé.

—¿La vio luego por la noche?

—Recuerdo que estuve un rato en la proa cuando se hizo de noche. Pero me parece que solo.

—¿No la vio por la noche? Intente recordar.

—Creo que sí. No lo tengo muy claro, pero creo que estuvimos sentados en un banco de popa hablando. Yo quería que me dejara en paz, pero se entrometió.

—¿Le invitó a su camarote?

—No.

—Más tarde, por la noche, la mató, ¿verdad?

—No, yo no he hecho nada de eso.

—¿Realmente no se acuerda de que la mató?

—No. ¿Lo hice?

—Sí. Sé que la asesinó.

—¿Por qué me tortura? No repita más esa palabra. Yo no he hecho nada.

—No quiero torturarle.

¿Era verdad? Martin Beck no lo sabía. En cambio, sospechaba que aquel hombre volvía a estar a la defensiva, estaba a punto de aislarse otra vez en su propio mundo, y resultaba más difícil sacarlo de él cuanto más se esforzaba uno en hacerlo.

—Bueno, no tiene importancia.

La mirada del hombre volvió a perder lucidez, se volvió huidiza y errante.

—No me entiende —se quejó con la voz empañada.

—Intento hacerlo. Entiendo que no le gusten algunas personas, que le inspiren aversión.

—¿Y no lo comprende? Las personas pueden ser repulsivas.

—Sí. Y hay una categoría de personas que le disgusta especialmente, sobre todo las mujeres que llama desvergonzadas. ¿Verdad?

El hombre no dijo nada.

—¿Es usted religioso?

—No.

—¿Por qué no?

Se encogió de hombros algo confuso.

—¿Suele leer revistas o libros religiosos?

—He leído la Biblia.

—¿Cree en lo que dice?

—No, hay demasiadas cosas que no se pueden ni explicar ni ignorar.

—¿Cómo qué, por ejemplo?

—Todo lo impuro.

—¿Piensa que mujeres como Roseanna McGraw y la señorita Hansson también son impuras?

—Sí. ¿No está de acuerdo? Mire todo lo repulsivo que pasa a nuestro alrededor. Leí los periódicos durante unas semanas a finales del año pasado, y siempre estaban llenos de cosas inmundas. ¿Y a qué cree que se debe?

—¿Supongo que usted no querrá tener nada que ver con esas personas impuras?

—No, la verdad es que no.

Aguantó la respiración un instante y añadió:

—En absoluto.

—Vale, de acuerdo, le disgustan. Pero mujeres como Roseanna McGraw y Sonja Hansson, ¿no ejercen una fuerte atracción sobre usted? ¿No desea verlas y tocarlas? ¿Palpar sus cuerpos?

—No tiene derecho a decirme eso.

—Ver sus piernas y sus brazos. Acariciar su piel.

—¿Por qué lo dice?

—¿No quiere tocarlas? ¿Quitarles la ropa? ¿Verlas desnudas?

—No, no, así no.

—¿No quiere sentir sus manos sobre su cuerpo? ¿Que le toquen?

—Calle —gritó el hombre haciendo ademán de levantarse de la silla.

Jadeó por el brusco movimiento e hizo una mueca de dolor. Probablemente le dolía el brazo lesionado.

—Bueno, bueno. No pasa nada, no es nada raro. Es perfectamente normal. Yo mismo puedo llegar a pensar así cuando veo a ciertas mujeres.