Back Roseanna
Chapters (33)
  1. Sjowall amp; Wahlöö - Roseanna
  2. INTRODUCCIÓN
  3. Capítulo 1
  4. Capítulo 2
  5. Capítulo 3
  6. Capítulo 4
  7. Capítulo 5
  8. Capítulo 6
  9. Capítulo 7
  10. Capítulo 8
  11. Capítulo 9
  12. Capítulo 10
  13. Capítulo 11
  14. Capítulo 12
  15. Capítulo 13
  16. Capítulo 14
  17. Capítulo 15
  18. Capítulo 16
  19. Capítulo 17
  20. Capítulo 18
  21. Capítulo 19
  22. Capítulo 20
  23. Capítulo 21
  24. Capítulo 22
  25. Capítulo 23
  26. Capítulo 24
  27. Capítulo 25
  28. Capítulo 26
  29. Capítulo 27
  30. Capítulo 28
  31. Capítulo 29
  32. Capítulo 30
  33. RESEÑA BIBLIOGRÁFICA

—¿Crees que ha estado aquí antes? —preguntó la mujer de la bata de algodón—. Porque lo he descubierto esta noche por pura casualidad.

Ahlberg estaba fumando junto a la ventana apoyado en la pared. Observó a la chica, que miraba por la ventana. Tenía los pies separados y las manos en los bolsillos, con el tenue reflejo de la luz de la calle sus ojos parecían hoyos oscuros en medio de su blanco rostro.

—Quizá viene por aquí todas las noches —conjeturó.

Cuando el hombre había pasado junto a la estatua de Tegnér en su cuarta vuelta a la plaza dijo:

—Si sigue así toda la noche me volverá loca, y Lennart y Martin se congelarán.

A las doce y veinticinco llevaba ocho vueltas a paso cada vez más ligero. Se paró debajo de la escalera del parque, alzó la mirada hacia la casa y cruzó la calle casi corriendo hasta la parada del tranvía.

Un autobús entró en la parada, se detuvo y cuando volvió a arrancar Bengtsson había desaparecido.

—Mira. Allí está Martin —exclamó Sonja Hansson.

Ahlberg se estremeció al oír su voz. Durante todo este tiempo habían estado susurrando y ahora, por primera vez en dos horas, hablaba en un tono de voz normal.

Vio a Martin Beck cruzar la calle a toda prisa y sentarse en el coche, que esperaba sobre el Pequeño Teatro. Arrancó antes de que le diese tiempo a cerrar la puerta y se alejó en la misma dirección que el autobús.

—Gracias por acompañarme esta noche —comentó Sonja Hansson—. Me voy a la cama.

—Haces bien —contestó Ahlberg.

A él tampoco le habría importado irse a dormir, pero diez minutos más tarde entraba por la puerta de la comisaría de Klara. A los dos minutos llegó Kollberg.

Habían tenido tiempo de hacer cinco jugadas más antes de aparecer Martin Beck.

—Cogió el autobús a Sankt Eriksplan y se fue a casa. Apagó la luz casi enseguida. Probablemente ya duerme.

—Fue pura casualidad que ella le viera —comentó Ahlberg—. Puede que haya estado rondando por ahí otras veces.

Kollberg estudiaba el tablero de ajedrez.

—¿Y aunque así fuese? No prueba nada.

—¿Cómo?

—Kollberg tiene razón —reconoció Martin Beck.

—¿A que sí? Yo también he dado vueltas como un gato en celo delante de casas con tías dispuestas dentro.

Ahlberg se encogió de hombros.

—Pero era más joven, claro. Considerablemente mucho más joven.

Martin Beck guardó silencio. Los demás intentaron seguir con su partida sin ningún éxito. Después de un rato, Kollberg hizo tablas al repetir la jugada, a pesar de que iba ganando.

—Joder —se quejó—. Ese cabrón me ha hecho perder la concentración. ¿Por cuánto me ganas?

—Cuatro puntos —respondió Ahlberg—. Doce y medio contra ocho y medio.

Kollberg se levantó y se puso a deambular por el despacho.

—Le volvemos a coger, haremos un buen registro domiciliario y le apretaremos las clavijas lo que podamos —propuso.

Nadie contestó.

—¿Y si le seguimos de nuevo con tíos más frescos?

—No —objetó Ahlberg.