Chapters (33)
- Sjowall amp; Wahlöö - Roseanna
- INTRODUCCIÓN
- Capítulo 1
- Capítulo 2
- Capítulo 3
- Capítulo 4
- Capítulo 5
- Capítulo 6
- Capítulo 7
- Capítulo 8
- Capítulo 9
- Capítulo 10
- Capítulo 11
- Capítulo 12
- Capítulo 13
- Capítulo 14
- Capítulo 15
- Capítulo 16
- Capítulo 17
- Capítulo 18
- Capítulo 19
- Capítulo 20
- Capítulo 21
- Capítulo 22
- Capítulo 23
- Capítulo 24
- Capítulo 25
- Capítulo 26
- Capítulo 27
- Capítulo 28
- Capítulo 29
- Capítulo 30
- RESEÑA BIBLIOGRÁFICA
Tenía la mirada clavada en el teléfono negro, que llevaba tres semanas sin emitir ni una sola señal. La mujer del piso de Runebergsgatan no lo usaría excepto en un caso concreto. Ellos le hacían dos llamadas de comprobación todas las tardes a las seis y por las noches a las doce. Aquellas llamadas eran lo único que pasaba.
En casa se respiraba un ambiente tenso. Su mujer no le dijo nada, pero el destello de duda de sus ojos era cada vez más patente cuando él la miraba. Hacía ya mucho tiempo que desconfiaba de esa extraña misión que nunca daba resultado, pero que mantenía alejado a su mando de casa noche tras noche. Él ni podía ni quería explicárselo.
Kollberg no lo pasaba tan mal. Cada tres noches se dejaba relevar por Melander o Stenström. En detrimento de Ahlberg, que tenía que jugar al ajedrez consigo mismo o, más bien, resolver jugadas. Hacía tiempo que se habían agotado todos los temas de conversación.
Martin Beck perdió definitivamente la concentración con un artículo de periódico que fingía leer. Bostezo y observó a sus colegas de piedra, como estatuas, que, eternamente callados, estaban sentados uno frente a otro con la cabeza baja por el peso y la profundidad de sus pensamientos. Miró el reloj. Las diez menos cinco. Volvió a bostezar, se levantó con las piernas entumecidas y se dirigió al baño. Se lavó las manos y se echó agua fría en la cara. Regresó. A tres pasos de la puerta sonó el teléfono.
Kollberg ya había terminado la conversación y acababa de colgar el auricular.
—¿Ha…?
—No —dijo Kollberg—. Pero está en la calle delante del edificio.
Durante los siguientes tres minutos, Martin Beck analizó el plan con detalle. Fue un imprevisto, pero eso, en principio, no cambiaba nada. El hombre no podía forzar la puerta y, aunque lo hiciera, difícilmente le daría tiempo a subir las escaleras antes de que ellos llegaran.
—Debemos ser cuidadosos.
—Sí —dijo Kollberg.
Frenó poco a poco y se paró delante del teatro. Se dispersaron. Martin Beck se situó en el pequeño arriate. Al entrar Ahlberg en el portal, miró el reloj. Habían transcurrido exactamente cuatro minutos desde que telefoneó. Pensó en la mujer sola del apartamento de la segunda planta. El hombre que se llamaba Folke Bengtsson no se dejaba ver.
Treinta segundos después, se encendió la luz en una ventana de la segunda planta. Se apago. Ahlberg estaba en posición.
Aguardaron en silencio junto a la ventana del dormitorio. La habitación se hallaba a oscuras, pero por debajo de la puerta entraba un fino haz de luz. Había encendido la lámpara del salón para indicar que se encontraba en casa. La ventana del salón daba a la calle y desde la del dormitorio se veía la plaza de Enksbergsplan, la parte más baja del parque —que se extendía hacia arriba y daba la vuelta a la casa—, parte de Birger Jarlsgatan, Regeringsgatan y Tegnérgatan y, por debajo, en diagonal, el principio de Runebergsgatan.