Back Roseanna
Chapters (33)
  1. Sjowall amp; Wahlöö - Roseanna
  2. INTRODUCCIÓN
  3. Capítulo 1
  4. Capítulo 2
  5. Capítulo 3
  6. Capítulo 4
  7. Capítulo 5
  8. Capítulo 6
  9. Capítulo 7
  10. Capítulo 8
  11. Capítulo 9
  12. Capítulo 10
  13. Capítulo 11
  14. Capítulo 12
  15. Capítulo 13
  16. Capítulo 14
  17. Capítulo 15
  18. Capítulo 16
  19. Capítulo 17
  20. Capítulo 18
  21. Capítulo 19
  22. Capítulo 20
  23. Capítulo 21
  24. Capítulo 22
  25. Capítulo 23
  26. Capítulo 24
  27. Capítulo 25
  28. Capítulo 26
  29. Capítulo 27
  30. Capítulo 28
  31. Capítulo 29
  32. Capítulo 30
  33. RESEÑA BIBLIOGRÁFICA

—Bien. ¿Y a continuación te fuiste?

—Pues no, me entretuve un poco más todavía.

—¿Era de difícil conversación?

—No especialmente. Parecía algo tímido.

—¿De qué habéis hablado?

—Sobre el intenso tráfico que hay en la ciudad y de que en Estocolmo se vivía mucho mejor antes. Yo le he dicho que no es una ciudad adecuada para el que vive solo, y él me ha dado la razón aunque, de hecho, estaba a gusto viviendo así.

—¿Te dio la impresión de que le gustaba hablar contigo?

—Creo que sí. Pero no me podía quedar todo el día. Me dijo que le gustaba ir al cine, pero que aparte de eso no solía salir mucho. Y ya no paso mucho más, así que me marché. Me acompañó hasta la puerta y se mostró en todo momento muy educado. ¿Que hacemos ahora?

—Nada. Esperar.

Dos días más tarde, Sonja Hansson volvió a las oficinas de la empresa de transportes.

—Sólo quería agradecerle su ayuda y decirle que la cómoda llegó bien. Siento haberle causado tantas molestias.

—No ha sido ninguna molestia —insistió Folke Bengtsson—. Señorita Hansson, será bienvenida cuando quiera. Estaré siempre a su servicio.

Luego se presentó un hombre en el despacho, aparentemente el jefe, y les interrumpió.

Al abandonar el despacho, sintió que Bengtsson la seguía con la mirada y cuando ya había traspasado la puerta se dio la vuelta y buscó sus ojos a través del cristal.

Pasó arrastrándose pesadamente una semana gris y desapacible antes de que repitieran el simulacro. De nuevo el pretexto fue un porte. No hacía mucho que se había instalado en el piso de Runebergsgatan y continuaba trayéndose viejas herencias y otras cosas de distintos desvanes repartidos por la ciudad.

Transcurridos cinco días, volvió a presentarse en la oficina. Faltaban pocos minutos para las cinco, pasaba por allí por casualidad y se le ocurrió entrar a verle.

Sonja Hansson parecía desanimada por teléfono.

—¿Sigue sin reaccionar?

—Muy poco. No creo que sea él.

—¿Por qué no?

—Parece tímido, eso es todo. Y se muestra un poco indiferente. Estas últimas veces he ido a por todas, con proposiciones prácticamente abiertas. Siete hombres de diez se habrían quedado rondando delante de mi puerta y aullando como lobos desde hace ya una semana. Supongo que no tengo ni pizca de atractivo. ¿Qué hago?

—Insiste.

—Creo que deberíais buscar a otra.

—Tú sigue.

Seguir, pero ¿por cuánto tiempo? Cada día que pasaba, la mirada de Hammar se volvía más interrogante y la cara con la que se enfrentaba al espejo más pálida y ojerosa.

El tic-tac del reloj eléctrico de pared de la sala de la comisaría de Klara fue testigo de tres noches más sin incidentes. Habían transcurrido tres semanas desde el ensayo general. El plan se había perfeccionado, pero nada indicaba que fuera a ponerse en marcha alguna vez. No había ocurrido absolutamente nada. El hombre que se llamaba Folke Bengtsson llevaba una vida tranquila y ordenada, se tomaba su yogur, hacía su trabajo y dormía sus nueve horas diarias. En cambio, ellos mismos estuvieron a punto de perder el contacto, tanto con la vida normal como con el mundo exterior. Los perros se azuzaban unos a otros sin que la presa ni siquiera se diera cuenta. Un orden de las cosas un tanto peculiar, pensó Martin Beck.