Chapters (33)
- Sjowall amp; Wahlöö - Roseanna
- INTRODUCCIÓN
- Capítulo 1
- Capítulo 2
- Capítulo 3
- Capítulo 4
- Capítulo 5
- Capítulo 6
- Capítulo 7
- Capítulo 8
- Capítulo 9
- Capítulo 10
- Capítulo 11
- Capítulo 12
- Capítulo 13
- Capítulo 14
- Capítulo 15
- Capítulo 16
- Capítulo 17
- Capítulo 18
- Capítulo 19
- Capítulo 20
- Capítulo 21
- Capítulo 22
- Capítulo 23
- Capítulo 24
- Capítulo 25
- Capítulo 26
- Capítulo 27
- Capítulo 28
- Capítulo 29
- Capítulo 30
- RESEÑA BIBLIOGRÁFICA
Puso voz de falsete y se golpeó contra el respaldo de la silla. Se llevó bruscamente la mano derecha a la boca y empezó a morderse el nudillo del pulgar sin desviar la vista de la foto que tenía delante. De repente su mirada se estrechó y su voz se hizo tensa e histérica.
—Intentan engañarme. ¿Creen que no me doy cuenta, eh? Eso de la tía es sólo un invento. Han hablado con Roffe y el cabrón ha dicho que fui yo. Ha cantado el hijo de puta. Fue él. Yo no hice nada. Es la verdad. Yo no hice nada. Roffe le dijo que fui yo, ¿no? ¿Es eso lo que ha dicho?
Martin Beck no desvió la mirada de su cara.
—¡El muy hijo de puta! Fue él quien se encargó de la cerradura y se llevó el dinero.
Se inclinó hacia delante y su voz subió de tono. Las palabras le salían a chorros por la boca.
—Me obligó. Él había trabajado en ese dichoso sitio. Él lo montó todo. Yo no quería. Se lo dije. Lo rechacé. No quiero participar en ningún jodido robo, le comenté. Pero él me obligó, ese maldito cabrón de mierda. Cantó, el hijo de puta…
—Vale —dijo Martin Beck—. Roffe ha cantado. Ahora quiero oír de ti toda la historia.
Una hora más tarde reprodujo la cinta para Larsson y Ahlberg. Se trataba de un informe completo sobre un robo que Karl-Åke Eriksson y Rolf Sjöberg cometieron en un taller de Gotemburgo un mes antes.
Cuando Larsson salió para llamar a la policía de Gotemburgo, Ahlberg comentó:
—Por lo menos sabemos dónde estará por un tiempo.
Permaneció en silencio un rato tamborileando los dedos sobre la mesa.
—Por lo tanto, nos quedan unas cincuenta personas —se lamentó Ahlberg—. Si partimos de la teoría de que el asesino se encuentra entre los pasajeros.
—Podemos descartar ya a algunos. De eso se ocupan Kollberg y Melander. Disponen de un material ingente. Utilizan el método de eliminación, según Melander, al principio todos son sospechosos, incluyendo niños y viejas profesoras de manualidades.
Martin Beck se calló y miró a Ahlberg, sentado con la cabeza baja estudiándose las uñas de los pulgares. Parecía igual de abatido que Martin Beck cuando se dio cuenta de que el interrogatorio con Eriksson no daba resultado.
—¿Estás decepcionado? —preguntó.
—Sí, tengo que reconocer que sí. Por un momento creí que lo habíamos conseguido y ahora resulta que volvemos al principio.
—Bueno, hemos avanzado un poco. Gracias a Kafka.
Sonó el teléfono y Ahlberg se lanzó sobre él. Permaneció en silencio un buen rato con el auricular pegado al oído. De repente gritó:
— Ja, ja, ich bin hier.Ahlberg bier.
—Amsterdam —le dijo a Martin Beck, y éste abandonó discretamente el despacho.
Mientras se lavaba las manos, pensó «an, auf, hinter, in, neben, über, unter, vor, zwischen»y recordó el olor dulce de una habitación hace mucho tiempo, una mesa redonda con un mantel verde y una vieja profesora con una gramática alemana desgastada entre sus gruesas manos. Cuando volvió, Ahlberg acababa de colgar.