Chapters (33)
- Sjowall amp; Wahlöö - Roseanna
- INTRODUCCIÓN
- Capítulo 1
- Capítulo 2
- Capítulo 3
- Capítulo 4
- Capítulo 5
- Capítulo 6
- Capítulo 7
- Capítulo 8
- Capítulo 9
- Capítulo 10
- Capítulo 11
- Capítulo 12
- Capítulo 13
- Capítulo 14
- Capítulo 15
- Capítulo 16
- Capítulo 17
- Capítulo 18
- Capítulo 19
- Capítulo 20
- Capítulo 21
- Capítulo 22
- Capítulo 23
- Capítulo 24
- Capítulo 25
- Capítulo 26
- Capítulo 27
- Capítulo 28
- Capítulo 29
- Capítulo 30
- RESEÑA BIBLIOGRÁFICA
Su esposa había empezado a darse cuenta de lo importante que era este caso para su marido y sólo se atrevió a protestar débilmente cuando le dijo que se iba de viaje. Disgustada, le hizo la maleta en silencio; Martin Beck fingió no percatarse de su ostentoso enfado. Le dio un beso furtivo en la mejilla y salió de casa una hora antes de que partiese el tren.
—No me he molestado en reservarte una habitación en el hotel —dijo Ahlberg, que le estaba esperando dentro del coche en la estación de Motala—. Tenemos un sofá estupendo donde dormir.
Aquella noche se quedaron charlando durante mucho tiempo y, al sonar el despertador a la mañana siguiente, se sentían todo menos despejados. Ahlberg llamó al Instituto Nacional de Investigaciones Criminológicas y se comprometieron a mandar dos hombres a Bohus. Luego bajaron a coger el coche.
La mañana era fría y desapacible, y después de un rato conduciendo comenzó a lloviznar.
—¿Conseguiste hablar con el segundo de a bordo y con el jefe de máquinas? —pregunto Martin Beck cuando habían dejado atrás la ciudad.
—Sólo con el jefe de maquinas —contestó Ahlberg—. Duro de pelar. Le fui sacando las palabras de una en una. De todas maneras, parece ser que apenas tuvo contacto con los pasajeros. No vio ni oyó nada que pueda relacionarse con el crimen. Y precisamente durante aquella travesía, por lo visto, estuvo muy liado, ya que algo pasaba con el motor… perdón, con la máquina. Puso mala cara en cuanto le mencioné ese viaje. Pero me dijo que le pusieron a dos chicos para ayudarle y que, por lo que él sabía, poco después de la última travesía con el Dianase enrolaron en un barco que iba para Inglaterra y Alemania.
—Bueno —dijo Martin Beck—, daremos con los dos tarde o temprano. Habrá que verificar las listas de personal de las compañías navieras.
Cada vez llovía con más fuerza y al llegar a Bohus, el agua caía a mares sobre el parabrisas. No vieron gran cosa del pueblo, ya que la intensa lluvia se lo impedía, pero parecía bastante pequeño, con unas pocas fábricas y unos cuantos edificios que se extendían a lo largo del río. Encontraron el camino hacia la ribera del río y cuando llevaban un rato conduciendo muy despacio aparecieron los barcos. Tenían aspecto de estar abandonados, fantasmales, y hasta que no se acercaron justo al final del muelle no pudieron distinguir sus nombres, pintados de negro debajo del muelle.
Se quedaron dentro del coche buscando con la mirada al hombre de la compañía naviera. No había nadie a la vista, pero un poco más allá había un coche aparcado. Al acercarse descubrieron a un hombre sentado al volante mirando en dirección a donde venían.
Dieron un giro y aparcaron a su lado. El hombre bajó la ventanilla y grit ó algo. Pudieron oír sus nombres entre el ruido de la lluvia y Martin Beck asintió con la cabeza mientras bajaba la ventanilla.