Chapters (33)
- Sjowall amp; Wahlöö - Roseanna
- INTRODUCCIÓN
- Capítulo 1
- Capítulo 2
- Capítulo 3
- Capítulo 4
- Capítulo 5
- Capítulo 6
- Capítulo 7
- Capítulo 8
- Capítulo 9
- Capítulo 10
- Capítulo 11
- Capítulo 12
- Capítulo 13
- Capítulo 14
- Capítulo 15
- Capítulo 16
- Capítulo 17
- Capítulo 18
- Capítulo 19
- Capítulo 20
- Capítulo 21
- Capítulo 22
- Capítulo 23
- Capítulo 24
- Capítulo 25
- Capítulo 26
- Capítulo 27
- Capítulo 28
- Capítulo 29
- Capítulo 30
- RESEÑA BIBLIOGRÁFICA
La embajada y el fiscal provincial tenían que esperar. Se acercó el teléfono y marcó el prefijo de Motala.
—Sí —contestó Ahlberg.
—Ha sido identificada.
—¿Seguro?
—Eso parece.
Ahlberg no dijo nada.
—Era americana. De un lugar llamado Lincoln, en Nebraska. ¿Lo estás apuntando?
—Ya lo creo.
—Se llamaba Roseanna McGraw. Deletreo: rudolf-olof-sigurd-erik-adam-niklas-niklas-adam, otra palabra: martin mayúscula-cesar-gustavmayúscula-rudolf-adam-wilhelm. ¿Lo tienes?
—Completo.
—Tenía veintisiete años y era bibliotecaria. Es todo lo que puedo decirte de momento.
—¿Cómo lo has sabido?
—Rutina. Al final denunciaron su desaparición. No a través de la Interpol, sino de la Embajada.
—El barco —dijo Ahlberg.
—¿Qué?
—El barco. ¿De dónde saldría un turista americano sino de un barco? Quizá no del mío precisamente, pero de algún yate. De vez en cuando pasan yates.
—No sabemos si era turista.
—Es verdad. Me pondré enseguida. Averiguaré en veinticuatro horas si conocía a alguien aquí o vivía en la ciudad.
—Vale. Te llamaré en cuanto sepa algo más.
Martin Beck terminó la conversación estornudando a Ahlberg en el oído.
Cuando iba a pedirle disculpas, ya había colgado.
A pesar de que el dolor de cabeza no había cedido y de que tenía los oídos taponados, hacía mucho tiempo que no se encontraba tan bien. Se sentía como un corredor de maratón antes del pistoletazo de salida. Sólo había dos cosas que le preocupaban. El asesino había salido antes de la señal y les llevaba una ventaja de tres meses, y Martin Beck ni siquiera sabía en qué dirección correr.
En algún lugar bajo esta superficie de inquietantes perspectivas y especulaciones en valores desconocidos, su cerebro de policía había comenzado a planificar la investigación rutinaria de las próximas cuarenta y ocho horas. Daría algunos resultados, eso lo sabía de antemano. Tan seguro como que la arena cae en un reloj de arena.
La verdad es que durante tres meses apenas había pensado en otra cosa. El momento en el que por fin empezaría la investigación. Había sido como avanzar chapoteando en un pantano en la más absoluta oscuridad. Ahora podía sentir el primer trozo de tierra firme bajo sus pies. El siguiente no estaría lejos.
No esperaba resultados rápidos. Si Ahlberg descubría que la mujer de Lincoln había trabajado en Motala o se había alojado con unos conocidos, o el simple hecho de que hubiera estado alguna vez en la ciudad, quedaría tan sorprendido o más que si el asesino entrara por la puerta de su despacho y dejara encima de su mesa la prueba definitiva.
Sin embargo, confiaba bastante en las informaciones complementarias de Estados Unidos, aunque no se sentía demasiado impaciente. Pensó en todos los datos que había que tramitar con el colega de América, y luego en la tozuda insistencia de Ahlberg, sin fundamento alguno, de que la mujer había llegado en barco. Lo lógico era naturalmente que el cuerpo hubiera sido trasladado hasta el agua en coche. El automóvil representaba el nuevo dios del hombre; había asumido la mayoría de las funciones, incluso la de transporte ilegal de cadáveres.