Chapters (33)
- Sjowall amp; Wahlöö - Roseanna
- INTRODUCCIÓN
- Capítulo 1
- Capítulo 2
- Capítulo 3
- Capítulo 4
- Capítulo 5
- Capítulo 6
- Capítulo 7
- Capítulo 8
- Capítulo 9
- Capítulo 10
- Capítulo 11
- Capítulo 12
- Capítulo 13
- Capítulo 14
- Capítulo 15
- Capítulo 16
- Capítulo 17
- Capítulo 18
- Capítulo 19
- Capítulo 20
- Capítulo 21
- Capítulo 22
- Capítulo 23
- Capítulo 24
- Capítulo 25
- Capítulo 26
- Capítulo 27
- Capítulo 28
- Capítulo 29
- Capítulo 30
- RESEÑA BIBLIOGRÁFICA
En el extremo del rompeolas volvió a detenerse. Aquí estuvo ella. O mejor dicho: sobre una lona doblada, depositaron el cuerpo malherido y lacerado de alguien, prácticamente expuesto a los ojos de todo el mundo. Al cabo de unas horas, fue trasladada en camilla por dos señores serios de uniforme, y después un viejo que lo tenía por oficio la abrió y destripó, volvió a cerrarla por decoro, cosiendo sólo lo imprescindible, y fue a parar a un congelador de la morgue. En cuanto a él, no lo había visto. Debería estar agradecido, reflexionó.
Martin Beck se dio cuenta de que tenía las manos cruzadas en la espalda mientras se mecía sobre las plantas de los pies, una costumbre de los años de patrulla tan difícil de evitar como insufrible. Además, se había quedado mirando fijamente a un trozo de suelo de cemento gris que carecía de interés, pues la lluvia había borrado hacía mucho tiempo los últimos restos de la silueta trazada con tiza en la primera investigación rutinaria. Aparentemente, debió de quedarse un buen rato en esa posición, pues el entorno sufrió ciertos cambios. El más llamativo era un pequeño barco blanco de pasajeros que se dirigía hacia la esclusa a considerable velocidad. Al pasar la draga, una veintena de cámaras enfocaron hacia esta extraña embarcación; en respuesta, el operario de la draga salió de su cabina e hizo una foto a los pasajeros. Martin Beck siguió la nave con la mirada al dejar atrás el extremo del rompeolas y reparó en ciertos detalles repugnantes. El casco, de líneas puras, tenía el mástil cortado y la chimenea original, que sin duda debió ser alta, recta y bella, había sido sustituida por un extraño capuchón aerodinámico de metal. En las entrañas, donde la maquinaria debería dar golpes rítmicos, ronroneaba algo que probablemente fuera un motor diesel. La cubierta se encontraba abarrotada de turistas. Casi todos parecían viejos o de mediana edad, y algunos llevaban sombreros de paja con cintas de flores.
El barco se llamaba Juno.Recordó que Ahlberg le había mencionado este nombre ya el primer día que se conocieron.
Ahora había una llamat iva cantidad de gente en el rompeolas y en ambas orillas del canal. Algunos pescaban con caña y otros tomaban el sol, pero la gran mayoría se dedicaban a observar el barco. Por primera vez en varias horas, Martin Beck tuvo un motivo para decir algo.
—¿Siempre pasa a la misma hora?
—Sí, si sale de Estocolmo. A las doce y media, eso es. El que va en la otra dirección llega más tarde, a las cuatro y pico. Se encuentran en Vadstena. Atracan allí.
—Mucha gente por aquí…, quiero decir en tierra…
—Bajan a ver el barco.
—¿Siempre hay tanta gente?
—Normalmente, sí.
El hombre con el que hablaba se sacó la pipa de la boca para escupir en el agua.
—Menudo entretenimiento —comentó. Quedarse mirando boquiabierto a unos malditos turistas.