Chapters (33)
- Sjowall amp; Wahlöö - Roseanna
- INTRODUCCIÓN
- Capítulo 1
- Capítulo 2
- Capítulo 3
- Capítulo 4
- Capítulo 5
- Capítulo 6
- Capítulo 7
- Capítulo 8
- Capítulo 9
- Capítulo 10
- Capítulo 11
- Capítulo 12
- Capítulo 13
- Capítulo 14
- Capítulo 15
- Capítulo 16
- Capítulo 17
- Capítulo 18
- Capítulo 19
- Capítulo 20
- Capítulo 21
- Capítulo 22
- Capítulo 23
- Capítulo 24
- Capítulo 25
- Capítulo 26
- Capítulo 27
- Capítulo 28
- Capítulo 29
- Capítulo 30
- RESEÑA BIBLIOGRÁFICA
El ascensor no estaba abajo, pero ni se les pasó por la cabeza llamarlo. En el primer rellano notó dos cosas: ya no le entraba aire en los pulmones y Kollberg no se encontraba con ellos. El plan funcionaba, el maldito plan perfecto, pensó según subía el último tramo de la escalera llave en mano.
La metió en la cerradura, giró, apoyó todo su cuerpo contra la puerta y se abrió diez centímetros. La cadena de seguridad estaba echada y desde dentro de la casa no llegaba ningún ruido humano, sólo el incesante sonido de un timbre de teléfono extrañamente metálico. El tiempo se detuvo. Vio el dibujo de la moqueta del vestíbulo, una toalla y un zapato.
—Aparta —dijo Ahlberg con voz ronca, aunque con sorprendente calma.
Cuando Ahlberg disparó a la cadena, se escuchó un estallido como si el mundo entero saliera volando en pedazos.
Martin Beck seguía empujando la puerta, hasta que, a punto de caerse, atravesó el vestíbulo del fuerte impulso y llegó hasta el salón.
La escena resultaba irreal y tan estática como un cuadro de la cámara de los horrores de Madame Tussaud. Parecía petrificada como una fotografía sobrexpuesta, bañada en una fluida luz blanca. Fue registrando cada uno de los macabros detalles.
El hombre llevaba el abrigo puesto. Su sombrero marrón descansaba en el suelo, medio tapado con una bata azul claro hecha jirones.
Este era el tipo que había matado a Roseanna McGraw. Inclinado sobre la cama, con el pie izquierdo apoyado en el suelo y la rodilla derecha en el colchón, presionaba pesadamente sobre el muslo izquierdo de la mujer, justo por encima de su rodilla. Su enorme mano le cubría la barbilla y la boca, y con dos dedos de la mano izquierda le apretaba la nariz. La mano derecha buscaba su cuello y lo acababa de encontrar.
La mujer yacía boca arriba. Podían verse sus ojos muy abier tos entre los dedos de él. Un fino hilo de sangre le resbalaba por la mejilla. Había levantado la pierna derecha y hacía presión con el pie contra el pecho del hombre. Se agarraba con las dos manos a la muñeca de la mano derecha de él. Estaba desnuda. Tenía tensos todos los músculos de su cuerpo; los tendones se dibujaban tan claramente como en una lámina de anatomía.
Una centésima de segundo, lo suficiente para que cada uno de los detalles se grabaran en la conciencia y quedaran allí para siempre. Luego el hombre del abrigo la soltó, se incorporó, recuperó el equilibrio y se dio la vuelta, todo en un solo movimiento rápido como el rayo.
Martin Beck vio por primera vez al hombre que llevaba persiguiendo seis meses y diecinueve días. Se llamaba Folke Bengtsson, pero sólo guardaba un vago parecido con aquel señor que había entrevistado en el despacho de Kollberg una tarde antes de Navidad.
Su rostro se mostraba severo y desnudo, las pupilas contraídas, los ojos errando de un lado para otro como los de una marta atrapada. Se inclinó con las rodillas flexionadas meciendo el cuerpo rítmicamente.