Chapters (33)
- Sjowall amp; Wahlöö - Roseanna
- INTRODUCCIÓN
- Capítulo 1
- Capítulo 2
- Capítulo 3
- Capítulo 4
- Capítulo 5
- Capítulo 6
- Capítulo 7
- Capítulo 8
- Capítulo 9
- Capítulo 10
- Capítulo 11
- Capítulo 12
- Capítulo 13
- Capítulo 14
- Capítulo 15
- Capítulo 16
- Capítulo 17
- Capítulo 18
- Capítulo 19
- Capítulo 20
- Capítulo 21
- Capítulo 22
- Capítulo 23
- Capítulo 24
- Capítulo 25
- Capítulo 26
- Capítulo 27
- Capítulo 28
- Capítulo 29
- Capítulo 30
- RESEÑA BIBLIOGRÁFICA
Stenström llevaba un periódico vespertino en el bolsillo y comprobaron que echaban una película americana en la tele.
—Es buena —dijo Kollberg—, la vi hace diez o quince años. El final es fantástico, todos mueren menos la tía. Me largo ya, a ver si llego a tiempo de verla. Si no me llamas antes de las seis, aquí estaré.
Era una mañana fría y estrellada cuando Stenström, nueve horas más tarde, caminaba deprisa hacia Sankt Eriksplan. Desde que la luz se apagó a las diez y media en el dormitorio de la segunda planta no había pasado nada.
—Ten cuidado de no congelarte —le aconsejó Stenström antes de marcharse, y cuando el portal se abrió y el hombre alto salió, Kollberg agradeció poder moverse por fin.
Bengtsson llevaba el mismo abrigo que el día anterior, pero se había cambiado el sombrero por una gorra gris de lana de Crimea. Caminaba apresuradamente y le salía vaho por la boca, como humo blanco. En Sankt Eriksplan cogió el autobús a Hamngatan y un par de minutos antes de las ocho, Kollberg le vio desaparecer por la puerta de la empresa de transportes.
Un par de horas más tarde salió de nuevo, dio los pocos pasos que separaban la pastelería del edificio de al lado, tomó café y dos panecillos. A las doce se fue al restaurante y después de comer dio una vuelta alrededor del edificio de Citypalatset y regresó a su oficina. A las cinco y pico, cerró la puerta con llave, cogió el autobús a Sankt Eriksplan, compró pan en una panadería y se fue para casa.
A las siete y veinte volvió a salir. En Sankt Eriksgatan giró a la derecha, pasó el puente y entró en Kungsholmsgatan, donde desapareció por una puerta. Kollberg se detuvo un momento delante de la palabra bolera iluminada con grandes letras rojas. Luego entró.
La bolera tenía siete pistas y detrás de un bordillo había un bar con pequeñas mesas redondas y sillas con asientos de hule. Las voces y las risas hacían eco en la sala y de vez en cuando se oía el sonido de bolas rodando y bolos cayendo.
Kollberg no vio a Bengtsson en ningún sitio, sin embargo enseguida reconoció a dos de los tres hombres de la cervecería del día anterior. Estaban sentados en una mesa del bar y Kollberg se retiró hacia la puerta para que no lo reconocieran. Después de un rato, el tercer hombre se acercó a la mesa acompañado por Bengtsson. Cuando empezaron a jugar, Kollberg abandonó el local.
Al cabo de un par de horas los cuatro jugadores salieron de la bolera. Se despidieron en la parada del tranvía de Sankt Eriksgatan y Bengtsson volvió solo por el mismo camino por donde había venido.
A las once se apagó la luz en el piso de Bengtsson, por entonces Kollberg ya descansaba en la cama, mientras su relevo, bien abrigado, caminaba de un lado a otro de Birkagatan. Stenström estaba resfriado.