Chapters (33)
- Sjowall amp; Wahlöö - Roseanna
- INTRODUCCIÓN
- Capítulo 1
- Capítulo 2
- Capítulo 3
- Capítulo 4
- Capítulo 5
- Capítulo 6
- Capítulo 7
- Capítulo 8
- Capítulo 9
- Capítulo 10
- Capítulo 11
- Capítulo 12
- Capítulo 13
- Capítulo 14
- Capítulo 15
- Capítulo 16
- Capítulo 17
- Capítulo 18
- Capítulo 19
- Capítulo 20
- Capítulo 21
- Capítulo 22
- Capítulo 23
- Capítulo 24
- Capítulo 25
- Capítulo 26
- Capítulo 27
- Capítulo 28
- Capítulo 29
- Capítulo 30
- RESEÑA BIBLIOGRÁFICA
—Al final va a resultar que la mujer es sueca. Como pensamos todos desde el principio. Es extraño.
—¿Qué?
—Que nadie la eche de menos, sea quien sea. Incluso yo pienso en ella de vez en cuando.
El tono de Kollberg fue cambiando gradualmente.
—Me molesta —admitió—. Me molesta muchísimo. ¿Cuántos chascos te has llevado?
—Con éste, veintisiete.
—Te llevarás más.
—Sin duda.
—Bueno, no le des más vueltas.
—No.
Resulta más fácil dar consejos bienintencionados que recibirlos, pensó Martin Beck. Se levantó y se acercó a la ventana.
—Bueno, pues tendré que volver con mi homicida —dijo Kollberg—. No hace más que lloriquear y comer bocadillos. Menudo comportamiento. Primero se bebe un litro de colonia barata y mata a la parienta y a los críos con un martillo-hacha, acto seguido intenta prender fuego a la casa y cortarse el cuello con una sierra. Para colmo, al final, se va corriendo a la poli y se pone a llorar y a quejarse de la comida. Esta tarde sin falta lo mando al manicomio.
—Joder, qué maravillosa es la vida —exclamó, y cerró la puerta de un portazo.
El verdor del camino entre la comisaría y el hotel de Kristineberg había empezado a palidecer. Una cortina de lluvia barría un cielo bajo y gris, la tormenta desgarraba las nubes y los árboles ya habían perdido gran parte de su espléndida hojarasca. Por la fecha, veintinueve de septiembre, el otoño estaba llegando de forma definitiva e irreversible. Martin Beck contempló con desdén su cigarrillo Florida a medio fumar, mientras pensaba en sus sensibles vías respiratorias, y en el primer y formidable constipado invernal que pronto cogería.
«Pobrecita, ¿quién eres tú?», se preguntó a sí mismo.
Sabía que cada día que pasaba sus oportunidades se reducían. Quizá nunca descubrirían quién era aquella mujer, ni mucho menos atraparían al culpable si no actuaba de nuevo. La mujer que yació bajo el sol sobre una lona en el rompeolas poseía al menos una cara, un cuerpo y una tumba sin nombre . Del asesino no se conocía nada, ni siquiera su aspecto, era algo nebuloso. Y las figuras nebulosas no tienen deseos ni armas afiladas. Tampoco manos de estrangulados Martin Beck se estremeció. «Recuerda que posees tres de las principales virtudes de un policía —pensó para sí mismo—. Eres tozudo y lógico. Y muy sereno. No pierdes los estribos, tu compromiso en una investigación, sea del tipo que sea, debe ser única y exclusivamente profesional. Palabras como detestable, horror o crueldad pertenecen a los periódicos, no al mundo de tus pensamientos. Los asesinos son gente completamente normal, sólo que más infelices e inadaptados.»
Aunque no había vuelto a ver a Ahlberg desde aquella noche en el hotel de Motala, hablaban a menudo por teléfono. La última vez la semana pasada, y recordó su frase final:
«¿ Vacaciones? No hasta que esté resuelto el caso. Dentro de poco terminaré de comprobarlo todo; seguiré aunque tenga que rastrear yo mismo el lago entero.»