Chapters (33)
- Sjowall amp; Wahlöö - Roseanna
- INTRODUCCIÓN
- Capítulo 1
- Capítulo 2
- Capítulo 3
- Capítulo 4
- Capítulo 5
- Capítulo 6
- Capítulo 7
- Capítulo 8
- Capítulo 9
- Capítulo 10
- Capítulo 11
- Capítulo 12
- Capítulo 13
- Capítulo 14
- Capítulo 15
- Capítulo 16
- Capítulo 17
- Capítulo 18
- Capítulo 19
- Capítulo 20
- Capítulo 21
- Capítulo 22
- Capítulo 23
- Capítulo 24
- Capítulo 25
- Capítulo 26
- Capítulo 27
- Capítulo 28
- Capítulo 29
- Capítulo 30
- RESEÑA BIBLIOGRÁFICA
Habló con la tripulación de la draga, salió al rompeolas y vio la presa de la esclusa. A lo lejos, en el lago Boren, divisó un velero navegando con la animada brisa y empezó a sentir nostalgia del suyo, que había vendido hacía unos años. En el camino de vuelta a la ciudad hizo memoria y recordó sus travesías veraniegas por el archipiélago.
Sobre la mesa de Ahlberg encontraron ocho copias recién salidas del laboratorio fotográfico. Uno de los agentes, que también era fotógrafo, había retocado la foto y el rostro de la chica casi parecía el de alguien vivo.
Ahlberg las reviso, guardó cuatro copias en la carpeta verde y dijo:
—Muy bien, las distribuiré entre los chicos para que se pongan en marcha enseguida.
Cuando volvió unos minutos más tarde, Martin Beck estaba junto al escritorio frotándose el entrecejo.
—Pensaba hacer unas llamadas —dijo.
—Puedes meterte en el despacho del final del pasillo.
La habitación era más grande que la de Ahlberg y tenía ventanas en dos de las paredes. Estaba amueblada con dos mesas, cinco sillas, armarios archivadores y una mesa para la máquina de escribir, una vieja y destartalada Remington.
Martin Beck se sentó, dejó el paquete de tabaco y las cerillas sobre la mesa, abrió la carpeta verde y empezó a repasar los informes. No le aportaron mucho más de lo que ya le había contado Ahlberg.
Hora y media más tarde, se le acabó el tabaco. Había mantenido un par de conversaciones telefónicas infructuosas y había conocido al fiscal y al comisario Larsson, los dos parecían cansados y nerviosos. Justo cuando aplastaba la cajetilla de tabaco vacía le llamó Kollberg.
Diez minutos después se vieron en el hotel.
—Joder, vaya pinta lúgubre que traes —dijo Kollberg—. ¿Quieres un café?
—No gracias. ¿Qué has hecho?
—He hablado con un tipo del periódico de Motala, un redactor local de Borensberg. Creyó que se le había ocurrido algo ingenioso. Resulta que hay una tía de Linköping que debía haber empezado un trabajo en Borensberg hace diez días, pero no se presentó. Parece ser que viajó desde Linköping el día anterior y desde entonces no se ha sabido nada de ella. Nadie se ha molestado en denunciar su desaparición, por lo visto no era de fiar. El tipo del periódico conocía a su jefe e hizo sus propias averiguaciones, pero no se le ocurrió indagar sobre su aspecto. Yo lo hice y no se trata de la misma tía. Ésta es gorda y rubia. Y sigue desaparecida. Me ha llevado todo el día.
Se reclinó en la silla mientras se escarbaba los dientes con una cerilla.
—¿Qué hacemos ahora?
—Ahlberg ha mandado a algunos de sus hombres a llamar a las puertas. Tendrás que echarles una mano. Cuando aparezca Melander tendremos una reunión con el fiscal y Larsson. Sube a ver a Ahlberg y él te dirá qué hacer.
Kollberg apuró su vaso y se levantó.
—¿Me acompañas? —le preguntó.
—No, ahora no. Dile a Ahlberg que estoy en mi habitación si quiere algo.