Back En la oscuridad Save as PDF
Contents ( 3)
  1. PRIMERA PARTE
  2. SEGUNDA PARTE
  3. TERCERA PARTE

Eran dos semanas; las llamaban «la quincena de la feria de Glasgow». En Saint Andrew no había feria y a veces llovía una semana seguida. Se ponían los impermeables de plástico y daban paseos desapacibles, y cuando despuntaba el sol aún se notaba el frío; a él y a su hermano se les amorataba la piel jugando en el mar del Norte y saludando con la mano a los barcos que surcaban el horizonte; su padre les decía que eran barcos rusos que venían a espiar una base de la RAF que se encontraba cerca de allí.

Cuando sólo faltaban unos kilómetros, lo primero que vio fue el campo de golf, y nada más entrar en Saint Andrew tuvo la impresión de que el pueblo no había cambiado. ¿Se habría detenido el tiempo? ¿Dónde estaba la calle principal con sus zapaterías, tiendas de ofertas y cadenas de comida rápida? Bueno, Saint Andrew podía pasarse sin ellas. Reconoció el lugar que ocupaba antaño una tienda de juguetes, convertida ahora en heladería. Vio un salón de té, unos antiguos almacenes... y estudiantes; estudiantes por doquier. Alegres y bulliciosos. Miró los letreros de las calles; aunque era una localidad pequeña de seis o siete calles importantes, se despistó dos veces antes de dar con un antiguo arco de piedra.

Aparcó junto a un pequeño cementerio. Enfrente había una verja con portón que daba paso a un edificio neogótico que más parecía iglesia que colegio, aunque el letrero de la entrada no dejaba lugar a dudas: Academia Haugh.

Se preguntó si sería necesario cerrar el coche; lo hizo de todos modos, por la fuerza de la costumbre.

Un grupo de quinceañeras se dirigía al edificio. Todas vestían blazer y falda gris, con blusa blanca impecable y corbatín escolar ajustado. En la entrada había una mujer con un abrigo largo de lana negra.

—¿El inspector Rebus? —preguntó cuando él se disponía a entrar. El hizo un gesto afirmativo—. Soy Billie Collins —añadió ella tendiendo rápido la mano y dándole un firme apretón.

En aquel momento pasó por su lado una alumna con la cabeza gacha y Collins, chasqueando la lengua, la agarró del hombro.

—Millie Jenkins, ¿has terminado los deberes?

—Sí, señorita Collins.

—¿Los ha visto la señorita McCallister?

—Sí, señorita Collins.

—Puedes irte.

La soltó y la chica se fue como quien huye del diablo.

—¡No corras, Millie! ¡Camina! —exclamó la profesora, y siguió mirándola para ver si obedecía. Se volvió hacia Rebus—. Ya que hace tan buen día, he pensado que podríamos dar un paseo.

Rebus asintió con la cabeza preguntándose si no habría algún otro motivo para que no le hiciera entrar en el colegio.

—Saint Andrew me trae recuerdos —dijo Rebus.

Caminaban cuesta abajo cruzando un puente sobre un riachuelo; a la izquierda se veía el puerto con su malecón y el mar cerraba la panorámica. Rebus señaló hacia la derecha pero bajó el brazo temiéndose que ella le dijera: «¡No señales, John Rebus!».

—Veníamos aquí de vacaciones... a ese camping de ahí arriba.