Back En la oscuridad Save as PDF
Contents ( 3)
  1. PRIMERA PARTE
  2. SEGUNDA PARTE
  3. TERCERA PARTE

—Kinkell Braes —dijo Collins.

—Eso es. Había un campo de golf. Mire, aún se aprecia el contorno —añadió señalando con un gesto.

Tenían la playa a sus pies. Un paseante solitario, que iba con un perro labrador, al llegar junto a ellos les saludó con una sonrisa y una inclinación de cabeza. Un saludo típicamente escocés, más evasivo que otra cosa. Al perro le chorreaba el pelo del vientre por haber entrado en el agua. Desde el mar soplaba un viento helado y cortante, y Rebus pensó que Billie Collins lo habría calificado de tonificante.

—¿Sabe que es el segundo policía con quien hablo desde que estoy aquí? —dijo ella.

—Aquí no habrá mucha delincuencia.

—Únicamente los clásicos escándalos estudiantiles.

—¿Cuál fue la otra ocasión?

—¿Cómo dice?

—La otra ocasión en que habló con un policía.

—Ah, el mes pasado; por lo de la mano cortada.

Rebus asintió. Lo había leído en el periódico: una broma estudiantil; en el aula de anatomía habían robado miembros humanos que aparecieron después esparcidos por el pueblo.

—Se llama el día de la Pasa —comentó Billie Collins.

Era alta y huesuda, de pómulos marcados y cabello negro de aspecto quebradizo. También Seona Grieve era profesora. Roddy Grieve se había casado con dos maestras. Su perfil mostraba una frente protuberante, ojos hundidos y nariz puntiaguda. A sus rasgos masculinos unía una voz fuerte y profunda. Llevaba zapatos negros de tacón bajo, una falda azul marino por debajo de las rodillas y un suéter azul de lana con un gran broche celta.

—¿Alguna ceremonia de iniciación? —preguntó Rebus.

—Los estudiantes de tercer curso gastan novatadas a los de primero; se disfrazan y beben de lo lindo.

—Y roban restos humanos.

—Es la primera vez que sucede, que yo sepa —replicó ella mirándole—. Fue una simple broma. La mano apareció en la verja del colegio y algunas de mis alumnas se desmayaron del susto.

—Dios santo.

Iban más despacio y Rebus señaló un banco. Se sentaron a discreta distancia uno de otro y Collins se estiró el bajo de la falda.

—¿Dice que venía aquí de vacaciones?

—Casi todos los veranos. Jugaba en la playa y subía al castillo. Había una especie de mazmorra...

—Las bodegas.

—Ah, claro. Y una torre con fantasma...

—La de Saint Rule, junto a la catedral.

—¿Donde yo he dejado el coche? —ella asintió y Rebus se echó a reír—. De niño todo me parecía mucho más lejos.

—¿Usted habría jurado que Saint Rule estaba más apartada del campo de golf? —preguntó la mujer pensativa—. ¿Y por qué no?

Rebus dijo que sí con un gesto lento como si hubiera comprendido. Ella se refería a que el pasado era un lugar aparte al que no se puede regresar. Él había sufrido un engaño creyendo que el pueblo era el mismo de antes. Pero era él quien había cambiado; eso era lo que contaba.

Ella respiró profundamente y cruzó las manos en el regazo.

—Inspector, usted viene a hablar de mi pasado, que es un tema doloroso. Yo si pudiera lo evitaría porque hay pocos recuerdos agradables y no son esos los que a usted le interesan.