Contents ( 3)
Sonaba el teléfono cuando llegó a su mesa y lo descolgó frotándose las sienes con la mano libre.
—¡Diga! —exclamó.
—Oiga... —era una voz de mujer.
—¿Quién es, la hermana desconocida del mendigo? —preguntó dejándose caer en la silla.
—Soy Sandra. Sandra Carnegie.
Aquel nombre no le decía nada.
Cerró los ojos.
—La otra noche fuimos al Marina.
—Ah, sí, perdona, Sandra.
—Llamaba por si se sabía...
—Es que he tenido un día tremendo —añadió Clarke.
—... algo, porque como no me dicen nada...
Clarke suspiró.
—Lo siento, Sandra. Ya no llevo yo el caso. ¿Con quién trataste en Delitos Sexuales?
Sandra Carnegie balbució algo ininteligible.
—No te entiendo.
—¡Digo que sois todos iguales! —le espetó Sandra enfurecida—. ¡Fingís que os preocupa pero no hacéis nada por detenerle! Cada vez que salgo me pregunto si me estará acechando. ¿En el autobús, cuando cruzo la acera...? —añadió casi sollozando—. Yo creía que tú... que habíamos...
—Lo siento, Sandra.
—¡Deja de decir eso, por Dios!
—Tal vez si yo hablo con los agentes de Delitos Sexuales...
Habían cortado. Colgó; luego volvió a coger el receptor y lo dejó sobre la mesa. Tenía el número de Sandra en algún sitio, pero con tanto caos de papeles tardaría horas en encontrarlo.
Cada vez le dolía más la cabeza.
Los farsantes y los lunáticos no la dejarían en paz.
¿Qué clase de trabajo era el suyo que hacía que una se sintiera tan mal consigo misma?
17
La buena mañana invitaba a un largo viaje en coche. El cielo era azul claro con nubecillas, casi no había tráfico y en el casete sonaba Page/Plant. Un viaje le ayudaría a despejar la cabeza, con el valor añadido de librarse de la reunión matinal. Le dejaba a Linford todo el protagonismo.
Salió de Edimburgo de cara al tráfico de entrada de la hora punta. En Queensferry Road los coches avanzaban despacio y en la circunvalación de Barnton había la caravana habitual. Vio nieve en el techo de algunos coches y en los camiones de grava que habían salido al amanecer. Paró en una gasolinera a repostar y a tomarse otros dos paracetamoles con una lata de Irn–Bru. Al cruzar el puente Forth vio que en el del ferrocarril habían instalado el reloj del Milenio; era un recordatorio que a él le sobraba. Recordó un viaje a París con su ex mujer; haría... ¿veinte años? Allí había un reloj igual frente al centro Beaubourg, pero no funcionaba.
Hacía un viaje al pasado, rememorando las vacaciones de su infancia. Al salir de la M90 vio que aún faltaban más de treinta kilómetros. ¿Tan lejos estaba Saint Andrew? Era un vecino quien solía llevarles allí: su padre, su madre y él y su hermano. Tres personas apretujadas en el asiento de atrás, con las bolsas entre las piernas y la pelota y las toallas en el regazo. El viaje duraba una mañana entera y los vecinos les despedían agitando la mano como si fueran de expedición. Una expedición al mundo desconocido del Fife nororiental con destino al camping de caravanas, donde les aguardaba una de alquiler con cuatro literas y olor a alcanfor y a lámpara de gas. Por la noche iban al barracón de los servicios, lleno de insectos, de polillas y arañas patudas cuya sombra agigantada se proyectaba sobre las paredes enjalbegadas. Después volvían a jugar a las cartas y al dominó en la caravana y ganaba casi siempre su padre, a no ser que su madre le convenciera para que no hiciese trampa.