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—¿Y él era el señor Mackie?
—Exacto.
—¿Dónde vivía en aquel entonces?
Sithing volvió a reírse.
—¿Sigue desconfiando, verdad? —dijo, esgrimiendo un dedo como una salchicha—. Vivía en una especie de albergue del Grassmarket. Al día siguiente nos encontramos allí y luego adquirimos la costumbre de vernos. A mí me agradaba.
—¿De qué hablaban?
—Del mundo y de cómo lo destruíamos. A él le interesaba Edimburgo por lo mucho que está cambiando su arquitectura. Era muy anti.
—¿Muy anti?
—Estaba en contra de las nuevas construcciones. Tal vez al final no pudo aguantarlo.
—¿Se suicidó en protesta por la arquitectura fea?
—La desesperación tiene diversas causas —replicó el hombre en tono admonitorio.
—Disculpe si le he parecido...
—Oh, no es culpa suya. Es porque está cansada.
—¿Tanto se me nota?
—Seguramente Cristo también estaba cansado. Es lo que quería decir.
—¿Le habló Mackie de su vida?
—Algo me contó. Me hablaba del albergue y de la gente que conocía...
—Me refiero a su pasado. ¿Le contó su vida anterior a la calle?
Sithing negó con la cabeza.
—Él prefería escuchar porque Rossylin le tenía fascinado.
Clarke creyó haber oído mal.
—¿Rosalind? —preguntó.
—Rossylin. El Templo.
—¿Qué pasa con la iglesia?
—Yo le he dedicado toda mi vida —dijo Sithing inclinándose—. ¿No ha oído hablar de los Caballeros de Rossylin?
Clarke comenzaba a encontrarse mal. Dijo que no. Le dolían las órbitas de los ojos.
—Pero ¿sabrá que en el dos mil será revelado el secreto de Rossylin?
—¿Qué es eso, algo de la New Age?
—Es histórico —replicó el hombre con desdén.
—¿Cree usted que Rossylin es un lugar... especial?
—¿Por qué, si no, voló Rudolf Hess a Escocia? Hitler estaba obsesionado con el Arca de la Alianza.
—Lo sé. He visto tres veces En busca del arca perdida. ¿Pretende usted decirme que Harrison Ford se equivocó de lugar?
—Ríase si quiere —dijo Sithing con gesto despreciativo.
—¿Era ése su tema de conversación con Chris Mackie?
—¡Él era un acólito! —respondió el hombre dando un palmetazo en la mesa—. Era un creyente.
—¿Usted sabía que tenía dinero? —preguntó Clarke levantándose.
—¡El habría querido que fuera a parar a los Caballeros!
—¿Sabe usted algún dato sobre él?
—Nos dio cien libras para nuestras investigaciones. Bajo el suelo del templo, allí es donde está enterrado.
—¿El qué?
—¡El portal! ¡La puerta!
Clarke abrió la puerta y agarró a Sithing del brazo, un miembro blando como sin huesos.
—Fuera —ordenó.
—¡El dinero pertenece a los Caballeros! ¡Éramos su familia!
—Fuera —repitió Clarke.
Apenas se resistió. Lo introdujo en la puerta giratoria y la empujó para echarle a la calle Saint Leonard, donde el hombre se volvió a mirarla furioso. Tenía la cara más enrojecida aún de rabia y le caían mechones de pelo sobre los ojos. Comenzó despotricar pero ella le dio la espalda. Vio que el sargento del mostrador la miraba con una sonrisita.
—No se le ocurra —le advirtió ella.
—Me he enterado de que mi tío Chris ha muerto —dijo el hombre sin hacer caso de su aviso cuando Clarke subía la escalera—. Me dijo que me dejaría algo en herencia. ¿Qué posibilidades tengo, Siobhan? ¡Ande, sólo algunas libras de mi querido tío Chris!