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—¿Qué regalo era?
—Una especie de cartera, pero no cabían muchas cosas. Aunque era de cuero.
Mackie había llevado el dinero a la caja de ahorros en una cartera.
—La habrán vendido —comentó Clarke.
Dezzi negó con la cabeza.
—No, la lleva el dueño; yo le he visto con ella. Era de cuero, y el cabrón me dio sólo cinco libras.
Nicolson Street estaba cerca de Hunter Square. La tienda era como un rastro de pasillos estrechos llenos de montones de artículos usados: libros, casetes, tocadiscos y cazuelas. Había aspiradoras, de las que colgaban boas de plumas y, en el suelo, tarjetas postales y cómics viejos. Además de electrodomésticos, juegos de salón y rompecabezas; macetas y sartenes, guitarras y atriles. El dueño, un asiático, dijo que no conocía a Dezzi. Clarke le enseñó el carnet y le pidió que sacara la cartera.
—Cinco libras me pagó —farfulló la mendiga— y es de cuero auténtico...
El hombre se resistió a enseñarla hasta que Clarke le mencionó que la comisaría de Saint Leonard no estaba lejos. Al fin se agachó y puso en el mostrador una cartera negra rozada. Clarke le pidió que la abriera y vio un periódico, un paquete con el almuerzo y un fajo de billetes. Dezzi se acercó a fisgar, pero el hombre la cerró de golpe.
—¿Quiere algo más? ——preguntó el hombre.
Clarke señaló una esquina que se notaba más rozada.
—¿Esto de qué es?
—Como no eran mis iniciales, las borré.
Clarke miró con detenimiento pensando si Valerie Briggs sería capaz de identificarla.
—¿Recuerdas las iniciales que había? —dijo a Dezzi.
La mendiga negó con la cabeza sin dejar de observar la marca.
No había mucha luz en la tienda y era difícil ver bien los trazos.
—¿Eran ADC? —aventuró Clarke.
—Creo que sí —contestó el tendero—. Y te la pagué bien —añadió esgrimiendo un dedo contra Dezzi.
—Bien me robaste, cabrón. Ponle las esposas —añadió dando un codazo a Clarke.
Clarke cavilaba si ADC serían realmente las iniciales de Mackie.
¿O sería otra pista que no llevaba a ninguna parte?
En Saint Leonard pensó que era una tonta por no haber examinado antes el atestado de la detención de Mackie. En agosto de mil novecientos noventa y siete, Christopher Mackie y una tal Desiderata (se había negado a dar su apellido a la policía) fueron detenidos por «exhibicionismo indecente» en la escalinata de una iglesia de Bruntsfield.
Agosto era la época del festival de Edimburgo y a Clarke le chocó que no los hubiesen tomado por actores de teatro callejero.
El agente de la comisaría de Torphichen que los había detenido se llamaba Rod Harken y recordaba muy bien el incidente.
—A ella la multamos y la tuvimos unos días encerrada por negarse a darnos el nombre —dijo el hombre por teléfono.
—¿Y su compañero?
—Creo que salió en libertad condicional.
—¿Por qué?
—Porque el pobre estaba comatoso.
—No le entiendo.
—Pues se lo explico. Ella estaba montada encima de él sin bragas y con la falda subida intentando quitarle los pantalones. Tuvimos que despertarle para traerle a la comisaría —añadió Harken conteniendo la risa.