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—Ah, claro, tú eres una sabionda, ¿no? La suerte que he tenido de que pasaras por aquí. ¿Tienes cincuenta peniques?
—No hay de qué.
La mujer lanzó un bufido.
—Aquí los chistes los hago yo —dijo catando la hamburguesa y hablando con la boca llena.
—Pues no entendí lo de antes —dijo Clarke.
—Te decía si eres lesbiana —respondió la mujer con la boca llena—. Los hombres que andan por los servicios son maricas, ¿no?
—Tú estás en unos servicios.
—Pero yo no soy lesbiana —replicó dando otro bocado.
—¿Conoces por casualidad a un tal Mackie?
—¿Por qué lo preguntas?
Clarke sacó el carnet de policía.
—¿Sabes que Chris ha muerto?
La mujer dejó de masticar e intentó tragar lo que tenía en la boca pero no lo logró y acabó escupiéndolo en el suelo. Se acercó a un lavabo y se llevó agua a la boca en el cuenco de las manos. Clarke se acercó a ella.
—Se tiró por el puente North. Le conocías, ¿verdad?
La mujer no dejaba de mirarse en el espejo salpicado de jabón. Sus ojos, aunque oscuros y resabiados, eran más juveniles y menos castigados que el rostro. Clarke pensó que tendría treinta y tantos años, aunque en un mal día podría aparentar más de cincuenta.
—A Mackie le conocíamos todos.
—Pero no todos reaccionan como tú.
La mujer sostenía la hamburguesa en la mano contemplándola como dispuesta a tirarla, pero se lo pensó mejor y la envolvió de nuevo para guardarla en una de las bolsas.
—No sé por qué me ha impresionado —replicó—. Todos los días muere gente.
—¿Erais amigos?
—¿Me invitas a un té? ——dijo la mujer mirándola.
Clarke asintió con la cabeza.
En el café más a mano no les permitieron entrar. Ante las protestas de Clarke, el encargado alegó que la mujer molestaría pidiendo en las mesas. Fueron a otro bar.
—En éste tampoco me dejan entrar —dijo la mujer.
Clarke optó por entrar ella a comprar dos tés y un par de bollos pegajosos y se sentaron en Hunter Square expuestas a las miradas de los viajeros del segundo piso de los autobuses. La mendiga les dirigía de vez en cuando un corte de mangas disuasorio.
—Qué mala soy —comentó.
Clarke anotó cómo se llamaba: Dezzi, diminutivo de Desiderata, aunque no era su verdadero nombre.
—Ése me lo dejé en casa.
—¿Cuándo te marchaste, Dezzi?
—No recuerdo. Debe de hacer muchos años.
—¿Siempre has vivido en Edimburgo?
La mujer negó con la cabeza.
—He andado por todas partes. El verano pasado fui en autobús a una comuna de Gales. No sé qué se me habría perdido allí. ¿Tienes un pitillo?
Clarke le ofreció uno.
—¿Por qué te marchaste de casa?
—Lo que dije: una curiosilla.
—Bueno, ¿qué sabes de Chris?
—Yo le llamaba Mackie.
—¿Y él cómo te llamaba?
—Dezzi —contestó mirándola—. ¿Qué intentas, averiguar mi apellido?
—Te juro que no —respondió Clarke negando con la cabeza.
—Sí, claro, en la poli se puede confiar lo que dura el día.