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—Parecen de trabajos externos.
—Exacto. Se trata de canalones, grietas en los muros y este cenador que tuvimos que hacer nuevo. En las obras públicas, a veces se amplían los contratos.
—No debieron de untar suficientes manos en el ayuntamiento —musitó Hood.
Kirkwall le fulminó con la mirada.
—¿Así que la obra interior la hizo otra empresa? —preguntó Wylie examinando el plano.
—Empresa o empresas. No sabría decirles. Ya les he advertido que tendrán que hablar con mi padre.
Pero antes fueron a Valvona, donde Wylie hizo sus compras y luego le propuso a Hood comer algo allí. El consultó el reloj con gesto aparatoso.
—Venga —dijo ella—. Allí hay una mesa libre y por experiencia de otras veces, creo que es un signo propicio.
Comieron ensalada y una pizza compartiendo una botella de agua mineral. En el resto de las mesas otras parejas hacían lo mismo y Hood sonrió.
—Aquí pasamos inadvertidos —dijo.
Sí; ella sabía perfectamente que siendo poli y teniendo alrededor a gente que conoce a los polis, siempre recelas de que te puedan descubrir y acabas creyendo que es un don especial de la gente.
—¿Te choca comprobar que no eres un leproso social?
—Más me choca comprobar que puedo dejar algo en el plato —replicó Hood mirando los restos de comida.
Después fueron a la casa que Jack Kirkwall se había construido para el retiro. Estaba en el campo, en el límite de Queensferry sur y al fondo se divisaban los dos puentes. Era una vivienda geométrica con ventanas altas y alargadas y Wylie comentó que parecía una catedral a pequeña escala.
Jack Kirkwall les recibió amablemente e insistió en que saludasen de su parte a John Rebus.
—¿Conoce al inspector Rebus? —preguntó Wylie.
—En cierta ocasión me hizo un favor —respondió Kirkwall conteniendo la risa.
—Pues quizá pueda usted devolvérselo —dijo Hood—. Si no le falla la memoria.
—La bola la tengo perfectamente —gruñó Kirkwall.
—Señor Kirkwall, lo que quiere decir el agente Hood —terció Wylie lanzando una mirada de advertencia a su compañero— es que no tenemos ningún dato y que usted podría ser nuestro rayo de luz.
Kirkwall se animó, fue a sentarse en un sillón y les hizo seña de que tomaran asiento.
El sofá era de cuero color crema y olía a nuevo. El salón, amplio y luminoso, tenía una mullida alfombra y una pared entera de ventanales. A Wylie le dio la impresión de que allí no había nada visible del pasado de Kirkwall: ni fotos, ni objetos de adorno o algún mueble antiguo. Era como si al jubilarse hubiera asumido una personalidad distinta con aquella decoración anodina. Pero en ese momento halló la explicación: era una casa piloto para mostrar a posibles clientes un producto de Construcciones Kirkwall.
Allí no cabían detalles personales.
Se preguntó si podía imputarse a ello las profundas arrugas del rostro de Jack Kirkwall. No era aquel el marco que él había concebido para jubilarse; en las telas y en los objetos de decoración, Wylie adivinó la mano de Peter, el hijo.