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—En esa primera —dijo guiándoles como si estuvieran en una exposición—, tenía yo diecisiete años y ésa era la hormigonera del almacén de mi padre.
El padre era Jack Kirkwall, fundador de la empresa en los años cincuenta, también presente en las fotos, pero el protagonista era Peter: Peter construyendo un muro de ladrillos durante las vacaciones de la universidad, con los planos de un edificio de oficinas de Edimburgo, su primer proyecto en Kirkwall, Peter con unos dignatarios, Peter al volante de un Mercedes CLK, y, finalmente, en el día de la jubilación de Jack Kirkwall.
—Si quieren información de primera mano —dijo arrellanándose en el sillón para quitárselos de encima— tendrán que hablar con papá —hizo una pausa—. ¿Quieren un café? ¿Un té?
Pareció complacerle que rehusaran y le dejaran con sus numerosas ocupaciones.
—Le agradecemos que se haya molestado —dijo Wylie sin pretender halagarle—. Parece que el negocio va bien.
—Fenomenal. Figúrense, con las obras en Holyrood y la circunvalación oeste, Gyle, Wester Hailes y ahora los proyectos en Granton... —movió la cabeza negando—. No damos abasto. Cada semana concursamos a alguna obra —comentó con un gesto hacia la mesa de la sala de reuniones en la que había unos planos—. ¿Saben como empezó mi padre? Construía garajes y hacía ampliaciones. En este momento quizá obtengamos parte de un buen pastel, las instalaciones portuarias de Londres —añadió frotándose las manos con una fruición que a Hood le pareció auténtico júbilo.
—¿Su empresa trabajó en los años setenta en Queensberry House? —preguntó Wylie haciéndole volver a la realidad.
—Sí, disculpen. Es que cuando me embalo no sé parar —dijo con un carraspeo, recuperando la compostura—. He buscado en los archivos —añadió abriendo un cajón. Sacó un viejo libro de registro, unos cuadernos y un fichero—. A finales del setenta y ocho fuimos una de las empresas que hicieron las obras de rehabilitación del hospital. No yo, claro, todavía estaba en el colegio. ¿Dicen que ha aparecido un esqueleto?
—La última sala del sótano era la primitiva cocina —dijo Hood tendiéndole una fotografía de las dos chimeneas.
—¿Ahí fue donde apareció?
—Calculamos que debieron de tapiarlo hará unos veinte años —añadió Wylie con soltura en su papel de parlan–china—. Lo que vendría a coincidir con la fecha de las obras de rehabilitación.
—Bien, le encargué a mi secretaria que escarbara cuanto pudiera —dijo con una sonrisa dándoles a entender que era una gracia deliberada.
A juicio de Wylie, Kirkwall, con su camisa a rayas, gafas ovaladas y pelo negro bien peinado, debía de pretender dar una imagen refinada. Pero había algo incómodo y mal definido en él. Ella conocía futbolistas que habían acabado convertidos en presentadores de televisión perfectamente vestidos, pero no daban la talla.
—No es mucho, me temo —dijo Kirkwall abriendo otro cajón y sacando un plano que desenrolló para darle la vuelta hacia ellos, y sujetó las esquinas con trozos de piedra pulimentada—. Recojo una piedra en todas las obras que hacemos y la mando pulir y barnizar. Esto es Queensberry House —añadió—. Las zonas en azul son en las que nosotros hicimos obras. Más estas líneas rojas.