Back En la oscuridad Save as PDF
Contents ( 3)
  1. PRIMERA PARTE
  2. SEGUNDA PARTE
  3. TERCERA PARTE

—Ah, claro.

—¿Por qué se marchó de casa?

—En casa no vivía realmente. El tenía un piso cerca de Cannongate. Cuando se fue supimos que era de alquiler y que no tenía casi muebles suyos. Se marchó con una maleta de ropa y unos pocos libros.

—¿No alegó ningún motivo?

—No, únicamente telefoneó desde muy lejos para decirme que seguiría en contacto con nosotros.

Rebus oyó abrir y cerrarse la puerta de entrada y una voz que decía: «Ya estoy aquí».

—Tengo que irme —dijo.

—No sé dónde estará eso —dijo Alicia Grieve hablando sola y guardando el tarro de mermelada en la caja—. Dios mío, si supiera dónde está...

Al bajar Rebus coincidió con Seona Grieve a mitad de la escalera.

—¿Todo bien? —le preguntó ella.

—Todo bien, pero la señora Grieve ha perdido algo.

—Inspector —dijo ella mirando hacia arriba—, lo ha perdido prácticamente todo. Lo que sucede es que aún no se ha dado cuenta...

15

Era una oficina como cualquier otra.

Grant Hood y Ellen Wylie cruzaron una mirada. Esperaban que fuera un almacén de materiales de construcción con barro, bloques y un pastor alemán ladrador encadenado, y Wylie había metido incluso en el coche unas botas de goma, pero se encontraron con que Construcciones Kirkwall estaba en el tercer piso de un bloque de oficinas de los años sesenta en Leith Walk. Wylie preguntó a Hood si después podían dar un salto a Valvona y Crolla y él le dijo que sin ningún problema pero que era un sitio bastante caro.

—La calidad se paga —contestó ella como si enunciara un eslogan publicitario.

Estaban recorriendo empresas constructoras de Edimburgo, comenzando por las más antiguas e importantes. Telefoneaban primero, preguntaban si había alguien que pudiera informarles y pasaban después a hacer una visita.

—Tal vez tenga razón Rebus en llamarnos el «equipo de arqueólogos». Nunca me había parado a pensarlo.

—Veinte años no es nada prehistórico.

Hood notaba que la conversación era fluida entre ellos dos, sin que se produjeran silencios embarazosos ni titubeos. Su única desavenencia era si aquel caso tenía solución o no.

—Deberíamos estar indagando en el caso Grieve, que es famoso —dijo Wylie.

—Pero si logramos resultados en éste, estará muy bien porque es nuestro exclusivamente, ¿no crees?

—Me apostaría algo a que si descubrimos algo nos apartan de él. Nosotros, Grant, somos simples agentes, lo último en la jerarquía y no van a darnos una medalla.

—¿Te gusta el fútbol?

—Podría ser.

—¿De qué equipo eres?

—Dilo tú primero.

—Yo del Rangers de toda la vida. ¿Y tú?

—Del Celtic —sonrió.

Soltaron la carcajada.

—¿No dicen eso de que los contrarios se atraen? —añadió Wylie.

Aquel comentario no se le iba a Grant Hood de la cabeza mientras esperaban en la empresa constructora: «Los contrarios se atraen».

Peter Kirkwall, de Construcciones Kirkwall, tendría algo más de treinta años y vestía un impecable traje de raya diplomática. No cabía imaginárselo con una pala en sus suaves manos, pero en una serie de fotos que había en las paredes del despacho aparecía en ropa de trabajo.