Back En la oscuridad Save as PDF
Contents ( 3)
  1. PRIMERA PARTE
  2. SEGUNDA PARTE
  3. TERCERA PARTE

La anciana desbarraba, perdida en las fechas.

—Ahora son mayores, Alicia.

—Para mí siempre serán niños —replicó al tiempo que sacaba de una caja unos prismáticos, un tarro de mermelada y un banderín de fútbol, examinándolo todo como si fuera a darle una pista.

—¿Tiene usted mucha intimidad con Roddy?

—Roddy es un cielo.

—¿Habla con usted? ¿Le cuenta sus problemas?

—El... —dejó la frase en el aire, aturdida—. Ha muerto, ¿verdad? —Rebus asintió con la cabeza—. Ya se lo tenía yo bien advertido que no saltara verjas. Es peligroso.

—¿Ya antes saltaba verjas?

—Ah, sí. Para atajar, camino de la escuela.

Rebus metió las manos en los bolsillos mientras la anciana comenzaba a divagar.

—En los cincuenta tuve escarceos con los nacionalistas. Eran gente rara, no sé si lo seguirán siendo. Vestían falda escocesa, hablaban gaélico y eran unos resentidos. Pero hacíamos buenas fiestas, con mucho baile de... Espadas y Escudos...

—He oído hablar de ellos —dijo Rebus frunciendo el entrecejo—. ¿No era una escisión de los nacionalistas?

—Yo no estuve mucho tiempo. En aquella época se hacían muy pocas cosas; se proponía algo, nos íbamos a tomar unas copas y ahí quedaba todo.

—¿Conoció a Matthew Vanderhyde?

—Oh, sí, ¿quién no conocía a Matthew? ¿Vive todavía?

—Yo le veo de vez en cuando. Quizá no tanto como debería.

—Matthew y Allan discutían siempre de política con Chris Grieve... —hizo una pausa—. ¿Sabe que no somos parientes? —Rebus asintió con la cabeza recordando el poema enmarcado del vestíbulo—. Allan quería hacer un retrato de Chris, pero él era incapaz de estarse quieto sentado; no paraba de gesticular hablando —añadió haciendo una imitación a su manera con el tarro de mermelada en una mano y un rollo de papel navideño en la otra—. Edwin Muir era un buen contrincante, y estaba también mi querida Naomi Mitchison. ¿Conoce su obra?

Rebus guardó silencio por no deshacer el encanto.

—Y los pintores... Gillies, McTaggart, Maxwell —dijo sonriendo—. Siempre saltaban chispas. El Festival nos venía muy bien porque atraía público a las galerías. Nos llamábamos la Escuela de Edimburgo. Entonces el país era muy distinto, ¿sabe? Vivíamos entre una guerra y la amenaza de otra y era problemático criar a los hijos con la bomba atómica como perspectiva. Creo que eso repercutió en mi trabajo.

—¿A sus hijos les interesaba la pintura?

—Lorna hizo sus pinitos, y tal vez continúe; pero los chicos no. Cammo siempre andaba rodeado de amigotes, una especie de guardia pretoriana, mientras que a Roddy le gustaba la compañía de los mayores, y era en todo momento un chico muy educado y dispuesto a escuchar.

—¿Y Alasdair?

La anciana ladeó la cabeza.

—Alasdair era una pesadilla para un pintor, tenía una expresión angelical difícil de captar. Yo nunca pude. Se notaba que era un chico que siempre tramaba algo, pero no se le tenía en cuenta por ser Alasdair, ¿entiende?

—Creo que sí. —Rebus conocía malhechores con ese carácter, encantadores y descarados pero siempre a la suya—. ¿Sigue en contacto con ustedes?