Back En la oscuridad Save as PDF
Contents ( 3)
  1. PRIMERA PARTE
  2. SEGUNDA PARTE
  3. TERCERA PARTE

—¿Nunca se pone en contacto con ustedes?

—Envía una postal de vez en cuando y en el cumpleaños de Alicia nunca deja de hacerlo.

—¿Pone remite?

—No.

—¿De dónde son los sellos?

—De muchos sitios, sobre todo del extranjero —contestó ella encogiéndose de hombros.

Rebus advirtió algo en el modo de decirlo que le impulsó a preguntar:

—¿Algo más?

—Pues... yo creo que las echa al correo otra persona, amigos que están de viaje.

—¿Por qué cree usted que hace eso?

—Para que no se sepa dónde está.

Rebus se inclinó un poco más para reducir la distancia con la viuda.

—¿Qué es lo que sucedió? ¿Por qué se marchó?

—Es una historia de antes de que yo formara parte de la familia —respondió ella encogiéndose de hombros—, cuando Roddy estaba casado con Billie.

—¿Ya se había roto el matrimonio cuando usted conoció al señor Grieve? —preguntó Linford.

—¿Qué trata de insinuar? —replicó ella entornando los ojos.

—Volviendo a Alasdair —dijo Rebus con tono tajante tratando de disuadir a Linford de hacer más preguntas—, ¿no tiene usted alguna idea de por qué se fue?

—Roddy me hablaba de él de vez en cuando, generalmente cuando llegaba alguna postal.

—¿Dirigida a él?

—No, a Alicia.

Rebus miró a su alrededor pero vio que habían retirado las tarjetas de felicitación de Alicia Grieve.

—¿Envió una este año?

—Siempre llegan con una semana o dos de retraso —respondió ella mirando hacia la puerta—. Pobre Alicia, ella piensa que yo estoy aquí por aislarme.

—¿Cuando en realidad está aquí para cuidarla?

—No exactamente —respondió ella negando con la cabeza—, pero sí que me preocupa porque la veo cada vez más delicada. Esta es la única habitación prácticamente que queda habitable; el resto lo tiene lleno de revistas y periódicos viejos... No deja que se tire nada, y a medida que las habitaciones se llenan de porquería ella se retira a otra. Supongo que sucederá lo mismo con esta sala.

—¿Por qué no hacen algo sus hijos? —preguntó Linford.

—No lo consiente. Ni siquiera acepta tener una asistenta. «Todo está en un sitio por algún motivo», dice.

—Tal vez tenga razón —comentó Rebus. Todo está en un sitio: el cadáver en la chimenea, Roddy Grieve en el cenador. Tenían que averiguar el motivo, precisamente lo que ignoraban—. ¿Todavía pinta? —preguntó.

—Pintar no; se entretiene con los pinceles. Tiene el estudio al fondo del jardín; allí debe de haber ido —dijo Seona consultando el reloj—. Dios, y yo sin comprar...

—¿Conocía usted los rumores sobre su marido y Josephine Banks?

Era Linford quien había hecho la pregunta. Rebus se volvió furioso hacia él, pero Linford no apartaba los ojos de la viuda.

—Recibí una carta —dijo ella tapándose el reloj con la manga de la blusa, adoptando una actitud a la defensiva.

—¿Confiaba usted en su marido?

—Totalmente. Yo sé lo que es la política.

—¿Tiene usted idea de quién le envió la carta?

—No; la tiré a la papelera. Mi marido y yo pensamos que era lo mejor.