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—¿Cómo reaccionó la señorita Banks?
—Pensó en contratar a un detective, pero nosotros la disuadimos porque eso habría sido como reconocer los hechos y entrar en su juego.
—¿Qué juego?
—El de quien pretendía propagar el rumor.
—¿Está segura de que era un hombre?
—Es cuestión de simple cálculo de probabilidades, inspector Linford. La mayoría de los políticos son hombres. Es lamentable, pero es así.
—He observado —replicó Rebus— que competían dos candidatas para el nombramiento con su esposo.
—A causa de la política del Partido Laborista.
—¿A los otros candidatos los conoce?
—Naturalmente, inspector. En el partido somos una gran familia feliz.
Rebus sonrió, tal como ella esperaba.
—Tengo entendido que a Archie Ure no le hizo gracia el resultado.
—Bueno, Archie lleva metido en política muchísimo más tiempo que Roddy y pensó que era un derecho suyo hereditario.
La misma palabra que había utilizado Josephine Banks.
—¿Y las dos últimas de la lista?
—Son jóvenes e inteligentes... Algún día conseguirán lo que quieren.
—Entonces, ¿que sucederá ahora, señora Grieve?
—¿Ahora? —repitió ella mirando el dibujo de la alfombra—. Archie Ure era el segundo de la lista, supongo que saldrán con él —miraba la alfombra como si hubiera en ella algún mensaje impreso.
Linford carraspeó y se volvió hacia Rebus para darle a entender que él daba por concluido el interrogatorio. Rebus trató de encontrar alguna última pregunta brillante pero no dio con ella.
—Devuélvanme a mi esposo —dijo Seona Grieve acompañándolos al vestíbulo.
Alicia estaba al pie de la escalera con una taza de porcelana en la mano mojando un trozo de pan que se deshacía.
—Quería tomar algo —dijo a su nuera—, y ya no sé por qué.
Cuando se marcharon, la viuda de Roddy Grieve subió las escaleras con la anciana como si llevara un niño a la cama.
Al llegar al coche Rebus dijo:
—Tú márchate.
—¿Cómo?
—Yo voy a quedarme a hacer de buen samaritano.
—¿De canguro? —preguntó Linford encendiendo el motor—. Tengo la impresión de que no me cuentas toda la historia.
—Voy a ver si, de paso, puedo hablar con la vieja.
—No me digas que quieres ligártela.
—No todos tenemos jovencitas persiguiéndonos con la lengua fuera —replicó Rebus con un guiño.
La expresión de Linford cambió radicalmente. Metió la marcha y arrancó sin decir palabra.
«Muy bien, Siobhan, bravo por darle calabazas», pensó Rebus sonriendo.
Volvió sobre sus pasos por el camino de entrada, llamó al timbre y dijo a Seona Grieve que podía quedarse veinte minutos si quería salir a comprar. Ella no acababa de decidirse.
—Simplemente me hace falta pan y leche, inspector. Seguramente me las apañaré hasta que...
—Bueno, ya que estoy aquí y mi chófer se ha marchado... —replicó Rebus haciendo un gesto hacia el camino vacío—. Además, con las ganas con que la señora Grieve come pan...
Se acomodó en la sala de estar y ella le dijo que se hiciera té o café si no lo tomaba con leche.
—Pero le advierto que la cocina está manga por hombro —añadió.