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—Está haciendo un buen trabajo, Derek. Siga así. ¿Quién sabe si dentro de unos años al mirar en retrospectiva recordará que este caso fue el que le dio un nombre?
El jefe le había dado unos golpecitos en el brazo acompañándolo de un guiño.
—Sí, señor, gracias.
Pero después, cuando ya se marchaba, se volvió hacia él para añadir la posdata:
—Derek, hombres de familia es lo que debe ver en nosotros la gente. Personas dignas de respeto por ser como ellos.
«Hombres de familia.» Quería decir esposa e hijos. Linford fue corriendo al teléfono a llamar a Siobhan al móvil.
A la mierda. Abandonó el local saludando con una inclinación de cabeza al portero, que no lo conocía. Afuera soplaba un viento rasante y la noche le acosaba, le mordía. Le dolieron los pulmones al respirar. Un giro a la izquierda y estaría en casa en diez minutos. Doblando a la izquierda iría camino de casa.
Dobló a la derecha en dirección a Queen Street al principio de Leith Walk. En Broughton Street estaba el bar Barony, un local con buena cerveza y anticuado que a él le gustaba, pero en un lugar así no se queda uno mucho rato a beber a solas.
Después no tardó ni dos minutos en dar con la casa de Siobhan. Las direcciones no eran problema en el DIC. Nada más conocerla, al día siguiente buscó su ficha. Vivía en una casa victoriana adosada de cuatro plantas de una calle tranquila. En el segundo izquierda. Entró en la casa de delante que tenía el portal abierto, subió las escaleras hasta el descansillo entre el segundo y el tercero en donde había una ventana que daba a la calle y a los pisos de enfrente. Había luz en las ventanas y no estaban echadas las cortinas. Sí, allí estaba; la vio esporádicamente cruzar el cuarto con algo en la mano que leía: ¿un disco compacto? No se distinguía desde tan lejos. Se abrigó con la chaqueta. Sólo hacía unos grados sobre cero y por la claraboya rota entraban ráfagas de viento.
Pero siguió mirando.
14
—¿Cuándo nos van a entregar el cadáver?
—No sabría decirle.
—Es horroroso tener un familiar muerto y no poder enterrarle.
Rebus asintió con la cabeza. Estaban en la sala de visitas de la casa de Ravelston. Tenía a Derek Linford a su lado en el sofá. Alicia Grieve, en un sillón frente a ellos, parecía más pequeña y frágil. Su nuera, Seona Grieve, que acaba de hablar, se había sentado en el brazo del sillón y vestía de luto, mientras que la anciana llevaba un vestido floreado, cuyo vivo colorido contrastaba con su rostro ceniciento. A Rebus le parecía que tenía piel de elefante por el modo en que le colgaban las numerosas arrugas de la cara y el cuello.
—Señora Grieve, tiene que comprender —dijo Linford con voz melosa— que en un caso como éste hay que retener el cadáver, ya que los patólogos pueden...
Alicia Grieve se dispuso a levantarse del sillón.