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—Es duro, sí–dijo—. Pero te encuentras bien, ¿no? —ella le miró—. Quiero decir que no te han mordido.
—No, sólo que... —echó hacia atrás la cabeza para contemplar el magnífico techo del Dome Bar–Grill como si buscara en él el resto de la frase—. No, la mayoría ni siquiera olían mal, pero la historia de sus vidas...
—¿Qué quieres decir? —preguntó Linford, que intentaba desalojar del borde del vaso la raja de lima con el palito de cóctel.
—Me refiero a la tragedia de sus vidas, llenas de fracasos y adversidades que les indujo a hacerse mendigos. Nadie nace mendigo, que yo sepa.
—Te entiendo, pero la mayoría de ellos no tendrían por qué vivir así. La culpa es del sistema de asistencia social —ella le miró sin que él lo advirtiera—. Yo nunca les doy limosna; para mí es como un principio. Seguro que habrá quienes se saquen en una semana más de lo que ganamos nosotros. Mendigando en Princes Street puedes sacar doscientas libras al día —añadió asintiendo repetidamente con la cabeza—. ¿Qué? —preguntó al ver la cara que ponía ella.
Siobhan miró su consumición, un gin–tonic con zumo de lima y soda.
—Nada —dijo.
—¿Es por lo que he dicho?
—Tal vez sea...
—¿Qué has tenido un día agitado...?
—Iba a decir que tal vez sea por cómo lo planteas —exclamó ella frunciendo el entrecejo.
Permanecieron un rato en silencio después de aquello, pero no llamaban la atención porque era la hora del cóctel y estaba lleno de empleados de George Street: trajes oscuros y medias oscuras a juego. Todos los grupitos estaban enfrascados en sus cotilleos. Clarke dio un sorbo largo. Siempre ponían poca ginebra; aunque pidieras una doble no estaba fuerte. Ella en su casa se echaba ginebra y tónica mitad y mitad con mucho hielo y una buena raja de limón y no aquello que parecía un papel de fumar.
—Te cambia el acento —dijo al fin Linford—. La modulación se adapta a las circunstancias. Es un buen truco.
—¿Qué quieres decir?
—Pues que tienes acento inglés, ¿no? Pero cuando estás con alguien, en la comisaría por ejemplo, le das entonación escocesa.
Era cierto y ella lo sabía. Incluso en el colegio y en la universidad siempre había tenido dotes para la imitación, consciente de que lo hacía por adaptarse al interlocutor independientemente del grupo social a que perteneciera. En aquel tiempo sí que se daba cuenta de que cambiaba al hablar, pero ahora no. Lo que ella se preguntaba era a qué se debería el cambio: ¿Simple adaptación? ¿Tan desesperada estaba por su condición de soltera?
¿Sería eso?
—¿Dónde naciste?
—En Liverpool —contestó—. Mis padres eran profesores universitarios y una semana después de nacer yo se mudaron a Edimburgo.
—¿A mediados de los setenta?
—A finales de los sesenta; los halagos de poco te van a servir —añadió sin escatimar una sonrisa—. Pero aquí no estuvimos más que dos años antes de ir a Nottingham, donde hice casi todos los estudios, que terminé en Londres.