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—De acuerdo.
Y así prosiguió el interrogatorio, como un fuego cruzado de ametralladora. Los antecedentes de Hall eran: miembro del partido y hombre decidido, con una licenciatura en económicas, y en su discurso se notaba que la economía era su fuerte.
—Eso de ayudante de prensa... ¿es algo así como... psiquiatra?
—Eso es un golpe bajo, inspector Linford —replicó el joven torciendo el gesto.
—¿Quién más formaba el equipo del señor Grieve? Supongo que habría voluntarios locales...
—Todavía no. La campaña electoral propiamente dicha no empieza hasta abril y es cuando necesitaremos ayuda.
—¿Tienen previsto recurrir a alguien en concreto?
—Eso no es de mi competencia. Pregunte a Jo.
—¿Jo?
—Josephine Banks, su secretaria electoral. La llamamos Jo —añadió consultando el reloj y lanzando un suspiro.
—¿Qué piensa hacer ahora, señor Hall?
—¿Al salir de aquí?
—Ahora que ha muerto quien le daba empleo.
—Encontrar otro —respondió con una sonrisa sincera—. No será difícil.
Linford se imaginó a Hall al cabo de unos años, acompañando a otro dignatario, quizá un primer ministro, y soplándole frases que el parlamentario repetiría en voz alta segundos después. Siempre en la brecha y cerca del poder.
Cuando se levantaron, Linford le dio la mano amistosamente y le obsequió con una sonrisa al tiempo que le invitaba a un té o a un café.
—De verdad que se lo agradezco... pero es que tengo que... Que usted lo pase bien.
Quién sabe si dentro de cinco o diez años...
—No puede ser.
Ellen Wylie miraba el interior oscuro de uno de los cuartos de interrogatorio de la planta baja, casi lleno de trastos rotos y muebles estropeados; sillas sin ruedas y máquinas de escribir antiguas.
—Se usa de almacén, como puede ver.
Ella se volvió hacia el sargento del mostrador que les había abierto la puerta.
—Cómo iba yo a pensar... —balbució.
—¿Dónde vamos a meter todo esto? —dijo Grant Hood.
—Tal vez puedan apañarse así —dijo el hombre.
—Estamos trabajando en un caso de homicidio —replicó Wylie entre dientes y volvió a mirar el cuarto antes de volverse hacia su compañero—. Fíjate cómo nos tratan, Grant.
—Bueno, en sus manos lo dejo —dijo el sargento sacando la llave de la cerradura y entregándosela a Hood—. Que lo pasen bien.
Hood le vio alejarse y agitó la llave delante de los ojos de Wylie.
—Es todo suyo —dijo.
—¿No podríamos quejarnos a la dirección? —añadió Wylie dando una patada a un sillón de escritorio del que se desprendió un brazo.
—Bueno, ya sé que el folleto ponía con vistas al mar —comentó su compañero—, pero con un poco de suerte no estaremos mucho aquí.
—Esos cabrones de arriba tienen máquina de café —dijo Wylie—. ¿Pero qué digo? —exclamó—. ¡Si no hay ni teléfono!
—Efectivamente —añadió Hood—, pero como ves tenemos el monopolio del mercado de máquinas de escribir eléctricas.
Siobhan Clarke se empeñó en ir a un sitio elegante a tomar la copa y Derek Linford se hizo cargo al explicarle ella el día que había tenido y las dos últimas horas de interrogatorio a mendigos.