Back En la oscuridad Save as PDF
Contents ( 3)
  1. PRIMERA PARTE
  2. SEGUNDA PARTE
  3. TERCERA PARTE

De todos modos, a él le gustaba fiscalizar los gastos sin importarle estar fuera de su jurisdicción, y no hacía caso de las miradas y comentarios que suscitaba: «Ese cabrón de Fettes... se cree que tiene derecho a decirnos lo que hay que hacer aquí». Era cuestión de territorio. No es que a Rebus le importase; le dejaba hacer a su antojo, convencido de que era mejor administrador que él. «Derek, con toda franqueza, a mí nadie me ha acusado nunca de ser capaz de llevar la tienda», le dijo.

Linford dio una vuelta por la sala mirando los mapas, las listas de tareas, las fotos del escenario del crimen y los números de teléfono. Tres agentes silenciosos atendían los ordenadores, tecleando las últimas informaciones para la base de datos. Los cimientos de una investigación como aquélla estaban sobre todo en los datos, su recopilación y las referencias cruzadas que se obtuvieran, con objeto de establecer posibles hipótesis; podía resultar muy laborioso. Se preguntó si aparte de él alguno de los presentes sentiría como él aquella especie de electricidad. Miró otra vez las listas de servicio y vio que el sargento Frazer estaba al mando de la operación en Holyrood, de las indagaciones puerta a puerta y de los interrogatorios a los obreros de la empresa de demolición. Otro sargento, George Silvers, averiguaba los últimos movimientos del difunto. Roddy Grieve vivía en Cramond y le había dicho a su esposa que salía a tomar unas copas, algo normal, ella no había advertido nada raro en él. Aunque salió con el móvil, ella no había visto necesidad de llamarle y, a media noche, se había acostado, pero al no verle por la mañana comenzó a preocuparse, aunque decidió esperar un par de horas por si se producía alguna explicación racional... que se hubiera quedado a dormir en otro sitio, por ejemplo.

—¿Sucedía eso a menudo? —preguntó Silvers.

—Lo había hecho un par de veces.

—¿Y dónde se quedaba a dormir?

—En casa de su madre o en el sofá en la casa de algún amigo.

Silvers no era de los que ponían mucho esfuerzo en nada. Era difícil imaginársele impacientándose, y los interrogatorios se los tomaba con la misma calma.

Una tranquilidad que inquietaba al interrogado.

El ayudante de prensa de Grieve era un joven llamado Hamish Hall cuyo interrogatorio corrió a cargo de Linford. Cuando lo recordaba, Linford no tenía más remedio que reconocer que había sido derrota técnica. Hall, con su traje impecable y su rostro despejado e inteligente, le había disparado a bocajarro las respuestas, como desdeñando sus preguntas. Linford le lanzaba otra pregunta, arrastrado por su juego, sin iniciativa propia.

—¿Cómo se llevaba con el señor Grieve?

—Bien.

—¿Nunca tuvo problemas?

—Nunca.

—¿Y la señorita Banks?

—¿Me pregunta cómo me llevaba con ella o cómo se llevaba ella con Roddy? —replicó Hall haciendo brillar la montura cromada de sus gafas redondas.

—Pues las dos cosas.

—Bien.

—¿Cómo?

—Es la respuesta a las dos preguntas: nos llevábamos bien.