Back En la oscuridad Save as PDF
Contents ( 3)
  1. PRIMERA PARTE
  2. SEGUNDA PARTE
  3. TERCERA PARTE

—¿Cuánto va a costamos esto? —preguntó mirando la pantalla.

—No es un proceso muy caro —respondió Sendak—, aunque ya sé que el caso Grieve acapara todo el presupuesto.

—Alguien debe de haberse ido de la lengua —comentó Rebus mirando a Wylie.

—Es en el único gasto en que vamos a incurrir —alegó ella y Rebus apreció cierta animosidad en su mirada, como si se sintiera relegada.

En cualesquiera otras circunstancias el caso de Mojama habría sido noticia, pero el de Roddy Grieve era una fuerte competencia.

Finalmente, Rebus dio su aprobación.

Después fueron a tomar un café y Sendak explicó que el Centro de Identificación Forense que dirigía había contribuido a esclarecer crímenes de guerra en Ruanda y en la antigua Yugoslavia. De hecho, al final de la semana tomaría el avión para La Haya para testificar en un juicio por crímenes de guerra.

—Encontraron treinta cadáveres serbios en una fosa común y nosotros ayudamos a identificarlos, demostrando que los mataron de un disparo a quemarropa.

—Es un método que sitúa las cosas en su justa perspectiva, ¿no? —comentó Rebus después mirando a Wylie.

Hood había salido a telefonear otra vez al despacho de la fiscalía para ponerles al corriente de las gestiones.

—Tenéis que avisar al profesor Gates —añadió Rebus.

—Sí, señor. ¿Habrá algún problema?

Rebus negó con la cabeza.

—Ya hablaré yo con él. No le hará gracia que en Glasgow tengan algo que él no tiene... pero lo aceptará. Al fin y al cabo, el resto del cadáver se queda en casa —añadió con un guiño.

13

La sala de Homicidios en Saint Leonard bullía de actividad: ordenadores, ayuda civil, líneas de teléfono extra, y en Queensberry House habían, además, instalado una cabina suplementaria portátil. Watson iba de reunión en reunión con los jefazos de Fettes y los políticos, y había perdido los nervios con uno de sus subalternos echándole la bronca antes de entrar a su despacho dando un portazo, algo que nunca le habían visto hacer. El sargento Frazer comentó: «Que vuelva Rebus para que tengamos una víctima propiciatoria», mientras Joe Dickie le daba un codazo preguntándole: «¿Qué se sabe de las horas extra?». El ya se había provisto de un formulario en blanco.

A Gill Templer le habían encargado los comunicados de prensa por su experiencia en trabajos de enlace, y ella había podido de momento despejar un par de las tesis de lo más absurdo sobre conspiración política. También estaba el ayudante Carswell, llegado para inspeccionar la tropa, con Derek Linford de cicerone. En la comisaría no cabía un alfiler e incluso Linford carecía de despacho. Habían asignado al caso doce agentes del DIC, secundados por otros doce policías uniformados. La misión de los uniformados era buscar el arma del crimen en Queensberry House y efectuar las indagaciones puerta a puerta. Disponían también de secretarias extra y como Linford aguardaba que le comunicaran la cuantía del presupuesto para el caso, aún no había empezado a racanear sabiendo que se trataba de un caso importante, lo que justificaba cualquier gasto de personal y de horas extra.