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—Vamos, Hugh —dijo Lorna, riendo a su vez—, a ti también te gustaba el tema. Y le gusta —añadió mirando a Rebus—. No puede compararse con lo de Jimmy Page, pero es precisamente el motivo de que nos mudásemos a Roslin; para estar cerca de la iglesia por la moda del New Age maldito, las coletas y todo lo demás.
—Creo que ya me has dejado bastante mal por hoy delante del inspector —dijo Cordover con mala cara, pero en ese momento sonó el móvil; se dio media vuelta y echó a andar contestando a la llamada en tono muy animado y con acento norteamericano, olvidándose de ellos dos, que quedaron a solas.
Ella cruzó los brazos.
—Es penoso, ¿no es cierto? No sé qué vería yo en él.
—A mí no me lo pregunte.
—¿Así que es lo que yo decía? ¿Le da a la bebida?
—Sólo en reuniones sociales.
—¿Y en las antisociales, no? —replicó ella riendo—. Yo puedo ser muy social, lo que sucede es que no me apetece delante de Hugh —miró hacia atrás y vio que su marido seguía hablando de cifras y entraba en la casa.
¿Se referiría a dinero o al número de discos vendidos?, pensó Rebus.
—¿Adónde va a tomar copas? —preguntó ella.
—A diversos sitios.
—¿Cuáles?
—Al bar Oxford, al Swany's, al The Malting.
—No sé por qué me imagino un suelo sin alfombras, mucho humo de tabaco, palabrotas y fanfarronadas, y pocas mujeres —dijo ella arrugando la nariz.
—O sea que los conoce —replicó él sin poder evitar una sonrisa.
—Creo que sí. A ver si nos tropezamos alguna vez.
—Podría ser.
—Me dan ganas de besarle, pero no creo que fuera correcto, ¿verdad?
—Cierto.
—Pero, en cualquier caso, creo que voy a hacerlo —Cordover había entrado en la casa—. ¿O se considera una agresión?
—Si no hay denuncia, no.
Lorna Grieve se inclinó y le dio un beso rápido en la mejilla, y cuando se incorporó, Rebus vio un rostro en la ventana. No era Cordover sino Peter Grief.
—No he captado el título de esa canción de Peter sobre su padre —dijo Rebus.
—Reproche final —dijo Lorna Grieve—. Una especie de censura.
Mientras conducía cogió el móvil y llamó a Derek Linford para preguntarle qué tal le había ido en la Bolsa.
—Roddy Grieve estaba limpio como una patena —dijo Linford—. No hizo ninguna mala operación, no hay líos ni clientes descontentos. Por otra parte, ninguno de sus colegas fue a tomar copas con él el domingo.
—¿Lo que exactamente quiere decir...?
—Pues no lo sé.
—Entonces, ¿no hemos sacado nada en limpio?
—Bueno, yo he conseguido ciertos datos para una inversión. ¿Y tú?
Rebus miró el disco que tenía en el asiento del copiloto.
—Yo tampoco sé lo que he obtenido, Derek. Luego te llamo.
Realizó otra llamada a un anticuario de discos de Edimburgo.
—¿Paul? Soy John Rebus. Tengo un Repercusiones continuas de Obscura con autógrafo de High Chord y Lorna Grieve —escuchó un instante—. No es mucho, pero no está mal —volvió a escuchar—. Llámame si aumentas la oferta, ¿vale? Adiós.