Back En la oscuridad Save as PDF
Contents ( 3)
  1. PRIMERA PARTE
  2. SEGUNDA PARTE
  3. TERCERA PARTE

—¿Entendéis lo que quiero decir? —preguntó Hugh Cordover a través del micrófono. Los músicos asintieron con la cabeza y él miró hacia Rebus—. Vale, chicos, está aquí la policía para hablar conmigo. No os hagáis rayas.

Rebus vio sus gestos de desprecio y los cortes de manga que le dirigían y pensó que el rock and roll nunca había sido tan peligroso.

Cordover dio unas instrucciones al ingeniero y a continuación se levantó muy tieso del asiento, pasándose una mano por el rostro sin afeitar y moviendo despacio la cabeza al tiempo que cedía el paso a Rebus.

—¿Quiénes son? —preguntó Rebus.

—El próximo grupo de éxito si hacen lo que yo digo —respondió Cordover—. Se llaman Los Crusoe.

—¿Los Robinson Crusoe?

—¿Ha oído hablar de ellos?

—Alguien me dijo que usted era el representante.

—Representante, arreglista y productor. Soy su figura paterna —contestó Cordover abriendo una puerta—. Pasemos a la sala de recepción.

Había de todo por el suelo, las sillas estaban llenas de revistas musicales, y vio un televisor portátil, un transistor de alta fidelidad y una mesa de billar americano.

—Disponemos de todas las comodidades modernas —explicó Cordover abriendo la nevera para coger un refresco—. ¿Quiere tomar algo?

Lorna Grieve, sentada en un sofá rojo, cerró el periódico que hojeaba.

—Si no soy mala psicóloga, a mi Hombre mono le apetecerá algo más fuerte —dijo agitando el hielo de su vaso.

Vestía un conjunto vaporoso de seda verde con pantalones, iba descalza y llevaba un pañuelo de gasa roja.

—Me contentaré con un refresco —dijo Rebus asintiendo con la cabeza al ver que Cordover sacaba dos botellas de su agua mineral preferida.

—¿Hablamos aquí o prefiere arriba? —dijo Cordover.

—Le advierto que arriba está tan desordenado como aquí —comentó Lorna.

—Podemos hablar aquí —replicó Rebus sentándose en una silla mientras Cordover lo hacía en la mesa de billar y su esposa ponía los ojos en blanco como comentario a su incapacidad para utilizar las sillas.

—¿Quién de ellos era Peter Grief? —preguntó Rebus.

—El bajista —contestó Cordover.

—¿Sabe que ha muerto su padre?

—Claro que lo sabe —espetó Lorna Grieve.

—No estaban muy unidos —añadió Cordover.

—Al Hombre mono le choca que tras el brutal asesinato de Roddy vosotros dos volváis a trabajar como si no hubiera sucedido nada —dijo Lorna Grieve a su marido.

—Sí, claro, es mucho mejor empinar el codo —replicó Cordover.

—¿Alguna vez he necesitado que muriera alguien de la familia? —dijo ella dedicándole una sonrisa acompañada de una caída de ojos—. Tiene usted mucho que aprender sobre el clan, Hombre mono —añadió dirigiéndose a Rebus.

—¿Quieres dejar de llamarle así? —exclamó Cordover irritado.

—Es una canción de los Rolling Stones —dijo Rebus mirando a Lorna, que brindaba hacia él y no pudo por menos de sonreírle.

Bebía coñac; podía olerlo a pesar de la distancia.

—Yo conocí a Stew —dijo Cordover.

—¿Stew? —preguntó Lorna entornando los ojos.

—Ian Stewart —añadió Rebus—. El sexto Stone.

Cordover asintió con la cabeza.

—Tenía un físico que no se prestaba a la imagen del grupo y sólo grababa con ellos. ¿Sabía que era de Fife? —agregó volviéndose hacia Rebus—. Y Stu Sutcliffe era de Edimburgo.