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Se abrió una puerta al fondo.
—¿Qué desea?
Clarke se acercó a la mujer y le dio la mano. A sus espaldas el francotirador imitó el aullido de una sirena.
—Soy la agente de policía Clarke de la comisaría de Saint Leonard.
—Usted dirá.
—¿Conoce a un tal Christopher Mackie?
—Puede ser —respondió la mujer con una mirada desconfiada—. ¿Qué ha hecho?
—El señor Mackie ha muerto. Se ha suicidado, al parecer.
La mujer cerró los ojos un segundo.
—¿Ha sido el que se tiró desde el puente North? La noticia del periódico decía únicamente que era un vagabundo sin dar el nombre.
—¿Usted le conocía?
—Pase al almacén y hablamos.
Se llamaba Rachel Drew y llevaba doce años encargada del albergue.
—No es realmente un albergue —dijo—, sino un centro de día, pero qué quiere que le diga, si no tienen dónde dormir les cedo la sala de la entrada. ¿Qué voy a hacer siendo invierno?
Clarke asintió con la cabeza. El cuarto era, tal como había dicho Rachel Drew, un almacén. Había una mesa y un par de sillas, pero el resto lo ocupaban cajas de latas de conserva. Drew le dijo que tenían una cocinita anexa en la que ella y dos ayudantes preparaban tres comidas diarias.
—No es gastronomía fina, pero no se quejan.
Drew era una mujer alta, sencilla, de cuarenta y tantos años, con melena negra, aparentemente de rizo natural, hasta los hombros. Tenía los ojos oscuros y un rostro cetrino, pero su voz era cálida y alegre como defensa frente al cansancio permanente, supuso Clarke.
—¿Qué puede decirme del señor Mackie?
—Era un hombre amable, encantador. No hacía fácilmente amistad con nadie, pero porque él no quería. Me costó llegar a tener cierta confianza con él porque cuando yo vine aquí él era veterano. No es que estuviera siempre en el albergue, pero sí acudía con regularidad.
—¿Usted le guardaba el correo?
Drew dijo que sí.
—No recibía mucho. El cheque de la seguridad social y... quizá dos o tres cartas al año.
Los extractos de la cuenta en la caja de ahorros, pensó Clarke.
—¿Hasta qué extremo le conoció? —preguntó.
—¿Por qué lo dice?
Clarke la miró y Drew esbozó una sonrisa.
—Perdone, me siento muy protectora con mis mendigos. No sé si es que piensa que Chris tenía una personalidad suicida. No, yo diría que no —añadió negando con la cabeza.
—¿Cuándo le vio por última vez?
—Hará una semana más o menos.
—¿Sabe adónde iba cuando no se recogía aquí?
—Yo tengo por principio no preguntar nada.
—¿Por qué? —preguntó Clarke con auténtica curiosidad.
—Porque nunca se sabe qué preguntas pueden molestar.
—¿Él no le contó nada de su pasado?
—Algunas anécdotas. Dijo que había estado en el ejército, y una vez me comentó que había sido cocinero y que su esposa se fugó con un camarero.
Clarke notó cierto retintín en ella.
—¿Usted no se lo creyó?
Drew se recostó en la silla que enmarcaban las cajas de latas de conserva, las latas que ella abría a diario para alimentar a unas personas a fin de que el resto del mundo pudiera olvidarse de ellas.