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—¿No sintió escrúpulos?
—En aquella época, no.
—Pero sí que esperaba que alguien viniese algún día a hacerle preguntas sobre el señor Mackie.
—Ahora ya no es momento de pedir disculpas, señorita Clarke —dijo él encogiéndose de hombros—, aunque me imagino que ustedes ya sabrán la procedencia de esa suma.
—No tenemos la menor idea, señor —respondió Clarke negando con la cabeza.
—¿Por qué ha venido, entonces? —preguntó Samuels recostándose en la silla.
—El señor Mackie se ha suicidado. Vivía como un vagabundo y se arrojó por el puente North. Estoy investigando el motivo.
Samuels no podía ayudarla en nada más. Él sólo había hablado con Mackie aquel primer día. Volviendo a Edimburgo camino del Grassmarket, Clarke consideró las posibilidades y en cuestión de segundos llegó a la conclusión de que únicamente contaba con un leve indicio. Para averiguar el cómo y el porqué tendría que descubrir quién era aquel Christopher Mackie. Ya había llamado al archivo para que buscaran en las fichas. El apellido no aparecía en los listines telefónicos y, tal como se imaginaba, en la dirección de Grassmarket se encontró con un albergue para los sin techo.
El barrio de Grassmarket era un mundo aparte. Siglos atrás se alzaba en él la horca, pero el único recordatorio de ello era un pub llamado The Last Drop. Hasta 1970 había sido un barrio conocido como refugio para desheredados y vagabundos, pero después empezó a llenarse de gente bien con más posibles, abrieron boutiques, renovaron los bares y poco a poco comenzó a recibir visitantes que afluían por Victoria Street y Candlemaker Row.
El albergue no hacía precisamente alarde de su existencia con aquellas dos ventanas mugrientas y la robusta puerta. Había junto a ella dos hombres en cuclillas, y uno de ellos le pidió fuego. Clarke negó con la cabeza.
—Entonces seguro que no tiene pitillos —comentó el hombre reanudando la charla con su compañero.
Clarke giró el pestillo pero la puerta estaba cerrada. Pulsó el timbre dos veces y aguardó. Se abrió la puerta de par en par y un joven escuálido no hizo más que mirarla para volver a entrar diciendo: «Sorpresa, sorpresa, la policía» y fue a sentarse en una silla y a enfrascarse otra vez en la televisión. En el cuarto había un par de sillones destartalados, un largo banco de madera y otros dos asientos parecidos a taburetes. El televisor y una mesita de centro completaban el mobiliario. En la mesita había un diminuto cenicero de aluminio pero casi todas las colillas iban a parar al suelo de linóleo. En un sillón dormitaba un hombre que tenía el rostro cubierto de trocitos de papel. Clarke iba a acercarse para ver qué era cuando el que le había abierto la puerta cortó una tira de periódico, la humedeció en la boca y la escupió sobre el dormido.
—Son dos puntos en la cara y uno en el pelo o la barba —explicó.
—¿Cuál es tu puntuación máxima?
—Ochenta y cinco —respondió el muchacho dejando ver su dentadura mellada.