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—¿Y luego comenzó a ir de mal en peor?
—Casi enseguida. Se lo comenté al señor Samuels.
—¿Y él qué dijo?
La mujer sonrió recordándolo y recitó de memoria: «Valerie, querida, seguramente hay más ricos excéntricos que gente normal». No digo que no tuviera razón, pero recuerdo que dijo también: «El dinero impone responsabilidades que muchas personas son incapaces de asumir».
—Tal vez tuviera razón.
—Sí, no digo que no, querida, pero yo le contesté que estaba dispuesta a asumir responsabilidades si él abría la caja.
Rieron las dos y Clarke le preguntó cómo podía localizar al señor Samuels.
—No tendrá usted problemas. Es jugador empedernido de bolos; lo tiene como una religión.
—¿Con este tiempo tan malo?
—¿Se deja de ir a la iglesia cuando nieva?
Tenía toda la razón y Clarke se la dio a cambio de la dirección.
Cruzó el césped de la entrada a la bolera y abrió la puerta del centro social. Como no había estado nunca en Blackhall, se perdió en la maraña de calles y tuvo que recorrer dos veces la transitada Queensferry Road. Aquello era Bungalow Land, una zona de la ciudad que parecía haberse detenido en los años treinta, un mundo totalmente distinto al de Broughton Street. Era como otra ciudad, con tiendecitas y poca gente por la calle. Aquel césped tenía un aspecto abandonado, la hierba era rala. El centro social era un edificio de una sola planta recubierto de tablón marrón con más de treinta años a juzgar por su aspecto. Al entrar sintió una vaharada de calor procedente del calentador del techo. Vio al fondo una barra en la que una mujer mayor canturreaba y limpiaba las botellas de licor.
—¿La bolera? —preguntó Clarke.
—Por esa puerta, jovencita —contestó la mujer señalando con la cabeza sin dejar su faena.
Siobhan cruzó una puerta de dos hojas y se encontró en una pieza larga y estrecha con un tapete verde de cuatro metros de ancho que cubría prácticamente todo el suelo. En el perímetro había sillas de plástico vacías; únicamente había cuatro jugadores, que volvieron la mirada hacia la intrusa muy indignados, pero viendo que era del bello sexo suavizaron la expresión y se pusieron muy tiesos.
—Seguro que ésta es de las que a ti te gustan —dijo uno de los hombres dando con el codo a su compañero.
—Olvídame.
—A Jimmy le gustan más gorditas —comentó el tercer jugador.
—Y con algo más de kilometraje —añadió el cuarto. Se echaron todos a reír con la confianza de viejos impunes.
—¿Tú no darías un brazo a cambio de cuarenta años menos?
El que había hablado se levantó a recoger un bolo que había rodado hasta el final de la alfombra.
—Perdonen que les interrumpa el juego —dijo Clarke pensando en lo que iba a decir para presentarse—. Soy la agente de policía Clarke —añadió enseñando el carnet— y busco a George Samuels.
—Te dije que te atraparían, Dod.
—Erasimple cuestión de tiempo.
—George Samuels soy yo.
El que dio un paso adelante era un hombre alto y delgado con un suéter de cuello en forma de V sin mangas y corbata color Borgoña. Notó la firmeza de su mano seca y caliente al estrechársela. Tenía cabello blanco abundante como de algodón.