Back En la oscuridad Save as PDF
Contents ( 3)
  1. PRIMERA PARTE
  2. SEGUNDA PARTE
  3. TERCERA PARTE

Robertson asintió con un gesto.

—Una empleada nuestra, la señora Briggs, le atendió en una ocasión en que retiró dinero.

—Me gustaría hablar con ella.

—Me lo imaginé —dijo el hombre asintiendo otra vez con la cabeza— y la he avisado.

—¿No hay ningún cambio de dirección en la cuenta? —dijo Clarke mirando el bloc.

—Veo que no —respondió Robertson hojeando los papeles.

—¿Y no le pareció a usted raro esa cantidad en una sola cuenta?

—Informamos por escrito al señor Mackie de vez en cuando sobre otras opciones, pero, claro, no se puede presionar.

—¿Para que no se moleste el cliente?

Robertson asintió.

—En nuestra sucursal hay cuentas importantes, ¿sabe? La del señor Mackie no era la única.

—Pero él no tocaba el dinero.

—Lo que me hace pensar que...

—No hemos descubierto nada parecido a un testamento, si se refiere a eso.

—¿No hay ningún pariente?

—Señor Robertson, yo ignoraba incluso el nombre de pila del difunto hasta que usted me lo ha dicho —dijo Clarke cerrando el bloc—. Quisiera hablar con la señora Briggs.

Valerie Briggs era una mujer de mediana edad que acababa de cambiar de peinado, como dedujo Clarke por su modo de llevarse constantemente la mano al pelo como si no acabase de creerse su nueva imagen.

—Le atendí yo la primera vez que vino —le habían dado una taza de té y la mujer la contemplaba estupefacta, pues tomar el té en el despacho del jefe era para ella una experiencia tan nueva como el peinado—. Me comentó que quería abrir una cuenta y me preguntó a quién tenía que dirigirse. Yo le entregué un formulario y él volvió con él cumplimentado y me preguntó si era posible hacer el ingreso en metálico, pero yo pensé que se había equivocado poniendo ceros de más.

—¿Vino con esa suma?

La señora Briggs asintió con un gesto, abriendo unos ojos como platos al recordarlo. Abrió una cartera preciosa para enseñármelo.

—¿Una cartera?

—Muy bonita y reluciente.

Siobhan tomó nota.

—¿Y qué más? —preguntó.

—Bueno, yo fui a informar al director, porque una cantidad así... —añadió estremeciéndose al pensarlo.

—¿El director era el señor Samuels?

—El director, sí, el encantador George.

—¿Sigue en contacto con él?

—Oh, sí.

—Bien, ¿y qué sucedió?

—Pues que George..., el señor Samuels, quiero decir, hizo pasar al señor Mackie a su despacho —dijo señalando con la cabeza hacia el escritorio—, el viejo despacho. Antes estaba junto a la entrada. No sé por qué lo cambiaron. El señor Mackie entró, habló un rato con él y eso fue todo. Cuando salió teníamos un nuevo cliente. Luego, siempre que venía esperaba para que le atendiese yo —añadió asintiendo repetidamente con la cabeza—. Es una lástima que se dejara de esa manera.

—¿Que se dejara...?

—Ya me entiende, que se abandonara de ese modo. Mire, el día que abrió la cuenta... Bueno, no es que vistiera elegantemente, pero estaba presentable. Trajeado incluso. Quizá llevase el pelo algo descuidado... —añadió llevándose otra vez la mano a la cabeza— pero se expresaba correctamente y era muy educado.