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Pero no los hubo ni por aproximación. Un treinta y tres por ciento votó sí y un treinta y uno por ciento, no. El resultado, como dijo un periódico, era indicio de «una nación dividida». El PNE retiró el apoyo al gobierno Callaghan, quien los calificó de «pavos que votan en Navidad», obligando a la convocatoria de elecciones que ganaron los conservadores con la candidatura de Margaret Thatcher.
—La culpa es de tu PNE —comentó él a Rhona—. ¿Dónde está ahora tu autonomía?
Ella se encogió de hombros sin ofenderse. Había pasado cierto tiempo desde aquellas batallas a almohadonazos en el suelo. El volvió a concentrarse en su trabajo indagando vidas ajenas, problemas y miserias de otros.
No había vuelto a votar desde entonces.
Cuando se marchó Josephine Banks, Rebus volvió a la sala de Homicidios donde hablaban por teléfono el sargento Silvers y otros dos agentes que no eran de Saint Leonard, mientras la inspectora jefe Gill Templer y Watson hacían un aparte. Entró una agente uniformada a entregar a Watson unos mensajes telefónicos sujetos por un clip, y el jefe los cogió frunciendo el entrecejo sin interrumpir la conversación con Templer. Watson iba sin chaqueta y con la camisa arremangada. Los policías iban de un lado a otro, tecleaban en los ordenadores y contestaban al teléfono, que no dejaba de sonar. Rebus encontró en su mesa las transcripciones de los interrogatorios a los miembros del clan. A Cammo Grieve le había tocado la china inquisitorial de Bobby Hogan y Joe Dickie.
Cammo Grieve: ¿Tienen idea de cuánto va a durar esto?
Hogan: Lo siento, señor. No es nuestra intención molestarle.
Grieve: ¡Han asesinado a mi hermano!
Hogan: ¿A qué cree usted que se debe este interrogatorio?
(Rebus sonrió al recordar que Hogan pronunciaba de tal manera la palabra «señor» que sonaba a insulto.)
Dickie: ¿Regresó a Londres el sábado, señor Grieve?
Grieve: A la primera oportunidad.
Dickie: ¿No se lleva bien con su familia?
Grieve: Eso a usted no le importa.
Hogan (dirigiéndose a Dickie): Anota que el señor Grieve se niega a contestar.
Grieve: ¡Por Dios bendito!
Hogan: No hay necesidad de mencionar el nombre del Señor en vano.
(Rebus se echó a reír con ganas. Aparte de la trilogía habitual, bodas, funerales y bautizos, dudaba mucho de que Hogan viese alguna iglesia por dentro.)
Grieve: Mire... vamos a seguir, ¿no le parece?
Dickie: Totalmente de acuerdo, señor.
Grieve: Regresé a Londres el sábado por la noche. Puede comprobarlo hablando con mi esposa; pasamos el sábado juntos, salvo por una reunión con mi agente a causa de unos asuntos electorales. Unos amigos nos acompañaron en la cena. El lunes cuando iba al Parlamento recibí en el móvil la noticia de que habían matado a Roddy.
Hogan: ¿Y cómo se sintió, señor...?
El interrogatorio proseguía con un Grieve de actitud agresiva. Hogan y Dickie trataban de mitigar su hostilidad replicándole con preguntas y comentarios bien elocuentes de lo que pensaban de él.
Como comentó Hogan después, en plan estrictamente oficioso, «a este tío yo sólo le pondría una cruz si fuera Drácula».