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—No está mal —dijo al fin—. Algo más de cuatrocientas mil libras.
—¿Cuatrocientas mil? Pues que pague él las copas.
Pero el agente hizo girar la libreta hacia ella para que la viera. Siobhan la cogió y vio que hablaba en serio. El mendigo muerto del andén valía cuatrocientas mil libras.
9
El martes Rebus volvió a Saint Leonard porque su jefe, el comisario Watson, quería hablar con él. Al llegar al despacho se encontró con que Derek Linford ya estaba allí sentado y con una taza de café aceitoso en la mano sin empezar.
—Sírvase café —dijo Watson.
Rebus alzó el vaso que llevaba en la mano.
—Tengo ya, señor —dijo.
El procuraba entrar al despacho del jefe con un vaso de café empezado para no ofenderle rehusando su invitación.
Cuando estuvieron todos acomodados Watson fue directo al grano.
—Todo el mundo muestra interés por el caso: la prensa, el público y el gobierno...
—¿Por ese orden, señor? —preguntó Rebus.
—... lo que significa —continuó Watson sin hacerle caso— que voy a vigilarle más de lo habitual. John actúa a veces como un elefante en una cacharrería —añadió volviéndose hacia Linford—. Espero que usted le controle.
Linford sonrió.
—Siempre que el elefante se deje —dijo mirando a Rebus, que no decía nada.
—Los periodistas se relamen ya porque pueden relacionar el asunto del Parlamento con las elecciones y, a falta de otra cosa, tienen noticias —dijo Watson—. Dos noticias, en realidad —añadió alzando el pulgar y el índice—. Aunque no haya relación, ¿cierto?
—¿Entre Grieve y el esqueleto? —dijo Linford pensativo mirando a Rebus, que fijaba su atención en la raya de su pernera izquierda—. No creo, señor. A menos que a Grieve le asesinara un fantasma.
Watson esgrimió un dedo hacia Linford.
—Detrás de cosas así andan los periodistas. Las bromas aquí pueden pasar, pero fuera no. ¿Entendido?
—Sí, señor —respondió Linford convenientemente avergonzado.
—Bien, ¿qué es lo que tenemos?
—Hemos llevado a cabo los interrogatorios preliminares con la familia —contestó Rebus— y proseguirán. Ahora la gestión más inmediata es hablar con el representante político del difunto y después, quizá, con el Partido Laborista.
—¿No se le conocen enemigos?
—La viuda cree que no, señor —se apresuró a decir Linford, inclinándose en la silla por quitar protagonismo a Rebus—. Pero hay cosas que a veces las viudas ignoran.
Watson asintió con la cabeza. Rebus le veía más congestionado que rubicundo. Estaba a punto de jubilarse y ahora se le venía encima aquel caso.
—Hay que verificar amistades, relaciones profesionales...
Linford asentía a medida que Watson hablaba.
—Nos pondremos en contacto con todos.
—¿Qué resultados arrojó la autopsia?
—La muerte fue causada por un golpe en la base del cráneo que provocó una hemorragia instantánea; parece que murió en el acto, aunque a continuación le asestaron dos golpes más que causaron fracturas.
—¿Esos dos golpes fueron posmortem?
Linford miró a Rebus para que lo confirmara.
—En opinión del patólogo —dijo Rebus—. Le golpearon en la parte superior del cráneo y Grieve era bastante alto...