Back En la oscuridad Save as PDF
Contents ( 3)
  1. PRIMERA PARTE
  2. SEGUNDA PARTE
  3. TERCERA PARTE

No era la primera vez que intervenía en un suicidio. Gente que abría el gas y se sentaba junto a los fogones, coches con el motor en marcha en un garaje cerrado, o personas tendidas en la cama con un frasco de píldoras en la mesilla y los labios amoratados moteados de blanco. Hacía poco que un agente del DIC se había tirado desde los peñascos de Salisbury. En Edimburgo abundaban los sitios para suicidarse.

—Puede irse a casa si quiere —le dijo una agente uniformada, y ella asintió con la cabeza. La mujer sonrió—. ¿Qué es lo que la retiene?

Buena pregunta, era como si se lo dijera a sabiendas de que ella no tenía alicientes para volver a casa.

—Usted es de los de Rebus, ¿verdad? —dijo la agente.

—¿Qué quiere decir? —replicó Siobhan mirándola furiosa.

—Perdone —dijo la mujer encogiéndose de hombros.

Luego se dio la vuelta y se alejó.

Habían acordonado el tramo de andén donde estaba el cadáver, un médico acababa de certificar la defunción y había llegado el furgón del depósito para recoger los restos. Unos empleados de la estación iban a buscar una manguera para regar el pavimento y echar a las vías la sangre y los restos de masa encefálica.

El expreso de Londres acababa de salir y faltaba poco para cerrar la estación. No quedaban taxis. Siobhan se dirigió al mostrador de la consigna de equipajes, donde un agente de uniforme vaciaba la bolsa cogiendo los objetos uno por uno con reparo como si estuvieran contaminados.

—¿Algo interesante?

—Lo que ve.

El muerto no llevaba ningún documento de identidad y en los bolsillos, sólo calderilla y un pañuelo. Había una bolsita de plástico con adminículos de higiene personal, algunas prendas de ropa, un ejemplar viejo del Reader's Digest, un transistor pequeño con la tapa de atrás sujeta con cinta adhesiva y el periódico del día, doblado y arrugado.

«Usted es de los de Rebus.» ¿Qué había querido insinuar? ¿Que se había acostumbrado a ser como él, una solitaria y una marginada? ¿Es que no había más que dos clases de policías, Derek Linford y John Rebus y ella tenía que optar por una de las dos?

El agente sacó un bocadillo envuelto en papel de parafina, un botellín de refresco infantil lleno a medias de agua y alguna otra prenda de ropa. Había casi vaciado la bolsa y ahora extraía del fondo unos objetos que parecían recuerdos de los sitios en que había estado el muerto: unas piedrecitas, un anillo de bisutería, cordones de zapatos y botones. Lo último era una cajita de cartón con un rótulo descolorido, primitivo envase de la radio. Siobhan la cogió y la sacudió, la abrió y vio un librito que en principio le pareció un pasaporte.

—Es una libreta de ahorros —dijo el agente.

—Ahí veremos el nombre —añadió Siobhan.

El agente uniformado la abrió.

—Señor C. Mackie, y consta una dirección de Grassmarket.

—¿Y qué saldo tenía la cuenta del señor Mackie?

El agente pasó unas páginas y ladeó la libreta para verlo mejor.