Back En la oscuridad Save as PDF
Contents ( 3)
  1. PRIMERA PARTE
  2. SEGUNDA PARTE
  3. TERCERA PARTE

Que era donde ella vivía. Allí vivía mucha gente.

«Lesbiana.»

Que les den por saco.

Pasó revista mental a los detalles de la velada para tratar de calmarse: Derek había estado muy nervioso, pero ella no había estado tampoco tranquila. Aquella comisión en Delitos Sexuales le había hecho aborrecer a los hombres. La colección de fotos de delincuentes con aquellas caras repugnantes y los detalles de los delitos... Luego, el tiempo que había dedicado a Sandra Carnegie, intercambiando experiencias y sentimientos personales... Ya se lo había advertido una compañera que había trabajado casi cuatro años en delitos sexuales: «Acaba con la pasión y te hace cogerles asco».

Tres vagabundos habían agredido a una estudiante, a otra la habían violado en una de las calles principales del sector sur. O aparece un coche que se pone a tu altura, intentan ligar contigo y luego te insultan. Aunque no era nada comparado con lo otro. De todos modos, aquel nombre, Jerry, no lo olvidaría; ni el Sierra negro brillante.

Miró desde el paso elevado las vías y la explanada de llegada. Sobre su cabeza estaba la techumbre de cristal con goteras. Justo en aquel momento notó, en el límite de su campo visual, que caía algo a plomo, y, pensando que era pura imaginación, volvió la cabeza y vio caer nieve. No, no era nieve; eran trozos de vidrio. Vio un agujero en el techo de cristal y oyó gritos abajo en un andén. Un par de taxistas corrían hacia el lugar.

Otro suicida. Sobre el andén vio una zona oscura: era como mirar al interior de un agujero negro. Pero en realidad era el abrigo del suicida. Siobhan descendió la escalera a los andenes. Había viajeros aguardando la salida del expreso a Londres, una mujer lloraba y uno de los taxistas se había quitado la chaqueta para tapar la cabeza y el tronco del cadáver. Intentó acercarse y el segundo taxista quiso defenderla.

—No es nada agradable de ver —dijo.

—Soy policía —replicó ella sacando el carnet.

Desde el puente North se arrojaban al vacío tantos suicidas que en la barandilla debía de haber un letrero con el teléfono de la Esperanza. El puente conecta la ciudad vieja con la ciudad nueva salvando la hondonada que ocupa la estación de Waverley. Cuando Siobhan llegó al punto en cuestión no pasaba nadie por el puente. Se veían a lo lejos sombras de gente que salía hablando de los bares y volvían a casa. Sólo pasaban taxis y coches. Nadie que hubiera visto la caída se había tomado la molestia de parar. Se inclinó sobre la barandilla y miró el techo de cristal. El agujero estaba casi en vertical debajo de ella y vio a través de él movimiento en el andén. Ya había llamado a la comisaría para que avisaran al depósito de cadáveres, pero como no estaba de servicio, había dejado junto al cadáver a una agente de uniforme. Rebus los llamaba «trajes de lana». En cuanto a la ropa del muerto, debía de ser un vagabundo. Bueno, ahora ya no los llamaban así. ¿Cómo era? No recordaba. Estaba ya redactando mentalmente el informe y miró la calle vacía pensando que bien podía irse y que otros se encargaran del caso, cuando su pie tropezó con algo: una bolsa de plástico. La palpó con el pie y notó que pesaba. Se agachó y la cogió. Era una bolsa grande, de las que dan en las tiendas de confección. Nada menos que de Jenners, los selectos grandes almacenes que no estaban muy lejos de allí. Dudaba que el mendigo hubiese comprado alguna vez en él, pero se imaginó que dentro de la bolsa llevaría todas sus cosas y la bajó a la estación.