Back En la oscuridad Save as PDF
Contents ( 3)
  1. PRIMERA PARTE
  2. SEGUNDA PARTE
  3. TERCERA PARTE

—Esta noche no vamos a por una, ¿verdad? —preguntó Nic, que parecía más calmado tras la hamburguesa.

—No, no creo.

Jerry fue relajándose a medida que avanzaban por Primees Street, muy distinta desde que era de una sola dirección. Fueron a Lothian Road, luego al Grassmarket y a Victoria Street. En lo alto se veían grandes edificios que Jerry no sabía qué eran. En el puente de Jorge IV reconoció el antiguo juzgado, ahora Tribunal Supremo, y, enfrente, el bar Deacon Brodie's. Giraron en un semáforo a la derecha y al entrar en High Street los neumáticos empezaron a rebotar en las bandas de reducción de velocidad. Hacía frío y no se veía mucha gente, pero Nic apretó el botón para bajar el cristal de la ventanilla y fue cuando Jerry la vio: llevaba un abrigo tres cuartos, medias negras y era morena, de pelo corto, alta y esbelta. Nic puso el coche a su altura a poca velocidad.

—Esta noche hace mucho frío —dijo, pero ella siguió andando sin hacer caso—. A lo mejor, con un poco de suerte, encuentras taxi en el Holiday Inn. Está ahí, más adelante.

—Sé dónde está —espetó ella.

—¿Eres inglesa? ¿Estás de vacaciones?

—Vivo aquí.

—Sólo intento ser amable. Siempre nos acusan de que somos maleducados con los ingleses.

—¡Vete a la mierda!

Nic avanzó unos metros con el coche y paró luego para volverse a verle bien la cara. Bien arropados el cuello y la barbilla en la bufanda, pasó junto a ellos como si no existieran. Nic cruzó la mirada con Jerry y asintió despacio con la cabeza.

—Es lesbiana, Jerry —dijo en voz alta, subiendo el cristal y arrancando.

Siobhan Clarke no sabía por qué seguía andando, pero al entrar en la estación de Waverley por la puerta de atrás para atajar, sí supo por qué temblaba. «Lesbiana.»

Que les den por saco. A todos. Había rehusado la propuesta de Derek Linford de acompañarla a casa alegando que le apetecía caminar sin estar muy convencida y se habían despedido amigablemente, sin darse la mano ni un beso porque en Edimburgo eso no se hacía en la primera cita. Sólo le había dedicado una sonrisa prometiéndole repetir la salida, pero estaba segura de que rompería aquella promesa. Había notado una sensación rara bajando en el ascensor del restaurante que cruza el museo. Los obreros aún estaban trabajando. Había cables y escaleras de mano y se oía el ruido de una taladradora.

—Yo creía que ya estaba inaugurado —dijo Linford.

—Y lo está —comentó ella— pero sin terminar.

Cruzó por el puente de Jorge IV y siguió por High Street, y fue cuando aquellos tipos del coche... Ojalá no hubiese ido por aquella calle. Comenzó a subir una larga escalinata poco iluminada desde donde se oía la música de los bares todavía abiertos. Ya estaba cerca de la estación; la cruzaría para salir a Princes Street y luego tomaría por Broughton Street y después seguiría hasta Broughton Street, el llamado barrio gay de Edimburgo.