Back En la oscuridad Save as PDF
Contents ( 3)
  1. PRIMERA PARTE
  2. SEGUNDA PARTE
  3. TERCERA PARTE

—Es fácil de decir —replicó él enseñando los dientes. Se le veían en la comisura de los labios restos de polvillo blanco—¿Sabes lo que me dijo, colega? ¿Sabes lo que me dijo?

Jerry no quería oírlo. El coche de James Bond tenía un dispositivo de eyección en el asiento, pero el único dispositivo especial del Cossworth era un techo corredizo. Miró a su alrededor, como si buscara el botón de eyección.

—Dijo que este coche era una mierda y que iba a ser el hazmerreír.

—Pues no es cierto.

—Esos chavales que hemos visto se lo cargarían en una hora y a otra cosa. Para ellos no es más que eso, y es aún cien veces más importante que para Cat.

Hay hombres que se entristecen de un modo emocional y lloran. Jerry había llorado un par de veces, con unas cuantas cervezas en el cuerpo viendo Animal Hospital, o en Navidades cuando ponían Bambi o El mago de Oz, pero él nunca había visto llorar a Nic. Nic lo que hacía era ponerse hecho una furia; incluso cuando sonreía como en aquel momento, él sabía que estaba enfadado y a punto de estallar. La gente no lo notaba, pero él sí.

—Anda, Nic —dijo—, vamos al centro, a Lothian Road o a los puentes.

—Tal vez tengas razón —respondió Nic al fin.

Estaban parados en un semáforo y al lado un motociclista no dejaba de darle al gas. No era un máquina muy potente, pero sí muy ligera. Su conductor, un chico de unos diecisiete años, les miraba a través del casco. Nic tenía pisados a fondo embrague y acelerador, pero nada más abrirse el semáforo la moto les dejó atrás como si fueran una tortuga.

—¿Has visto? —dijo Nic sin levantar la voz—. Igual que si Cat me dijera adiós con la mano.

Pararon en el centro a tomarse un respiro y comer una hamburguesa con patatas fritas en la calle, apoyados en el coche. Jerry llevaba una cazadora barata de nilón y tiritaba a pesar de tener la cremallera cerrada. Nic, por el contrario, seguía con la suya abierta sin preocuparse del frío. En el restaurante había un grupo de jovencitas en una mesa junto a la ventana y Nic les dirigió una sonrisa para atraer su atención, pero ellas siguieron tomándose los batidos sin hacerle caso.

—Lo divertido del asunto, Jer, es que se creen que ellas dominan —dijo Nic—. Pero, aunque estemos aquí fuera pasando frío, los fuertes somos nosotros. Ellas se encierran en su mundo, olvidándolo, pero nos bastarían diez segundos para situarlas en el nuestro. ¿A que sí? —añadió volviéndose hacia su amigo.

—Si tú lo dices.

—No, tienes que decirlo tú. Así se hace verdad —contestó Nic tirando al suelo la cajita de la hamburguesa.

Jerry no había acabado la suya pero Nic subía ya al coche y él sabía que no permitía ningún olor en el Sierra. Había una papelera al lado y tiró en ella la comida. Lo que un minuto antes era comida, ahora era basura. Fue todo uno, subir él y arrancar el Cossworth.