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—Excusarán que esté todo... —dijo—. Bueno, ustedes ya me entienden —añadió atusándose hacia atrás el cabello.
—Naturalmente, señor —comentó Linford en tono deferente.
—De todos modos, voy a darle un consejo —dijo Rebus aguardando a que el diputado le prestara atención—. Se podría presentar cualquiera haciéndose pasar por policía. No olvide pedirles que se identifiquen antes de entrar.
Cammo Grieve asintió con la cabeza.
—Ah, sí, claro. El cuarto poder. Son casi todos unos hijos de su madre, pero que quede entre nosotros —añadió mirando a Rebus.
Rebus se limitó a hacer un gesto afirmativo pero Linford sonrió exageradamente ante aquel intento de frivolizar.
—Yo no salgo de mi... —la expresión de Grieve se endureció—. Espero que la policía no escatime esfuerzos para resolver el caso. Si llega a mi conocimiento que limitan recursos... Aunque ya sé cómo está la cosa actualmente, presupuestos ajustados y todo eso. La política laborista, ya saben.
Rebus vio el peligro de que les largara un discurso electoral y le interrumpió.
—Bien, señor, creo que aquí, hablando, no vamos a resolver nada.
—Me parece que no voy a llevarme bien con usted —dijo Grieve entornando los ojos—. ¿Cómo se llama?
—Se llama Hombre mono —la voz llegó desde una puerta ante la que apareció Lorna Grieve con dos vasos de whisky. Tendió uno a su hermano para hacerlo chocar con el suyo antes de dar un trago—. Y éste es el organillero.
—Soy el inspector Rebus y él es mi compañero, el inspector Linford —dijo Rebus.
Linford se volvió a examinar en la pared un grabado que le había llamado la atención por tratarse de unas simples líneas manuscritas.
—Es un poema que Christopher Murray Grieve dedicó a nuestra madre —dijo Lorna Grieve—. Pero no vaya a pensar que es de nuestra familia.
—Se trata de Hugh MacDiarmid —añadió Rebus al ver que Linford se quedaba en ayunas, aunque su explicación tampoco sirvió de nada.
—El Hombre mono es inteligente —dijo Lorna con un gorjeo advirtiendo en ese momento el tarro de miel en la consola—. Ah, mira dónde está. Le diré un secreto, Hombre mono —añadió volviéndose hacia Rebus y encarándosele. Rebus miró aquellos labios que tantas veces de joven había besado en fotografías de revistas. Olían a whisky caro, un perfume que él sabía apreciar, pero su voz era áspera y tenía mirada de borracha—. Nadie sabe que existe este poema; es un ejemplar único que el poeta regaló a nuestra madre.
—Lorna... —dijo Cammo Grieve poniendo una mano en la nuca de su hermana, pero ella se la apartó—. No tiene perdón que estemos aquí con una copa y nuestros invitados no —añadió invitándoles a pasar a un salón también recubierto de paneles de madera en el que sólo vieron algunos cuadros pequeños colgados de un riel.
Había dos sofás y dos sillones, un televisor y un tocadiscos. El resto eran montones de libros en el suelo, embutidos en estantes y llenando los espacios entre las macetas del alféizar de la ventana. Lo alumbraban arañas de tres bombillas con sólo una encendida. Rebus cogió del sofá un montón de tarjetas de felicitación de cumpleaños; alguien había decidido que ya no era momento para celebraciones.