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Linford no pudo por menos de volverse a observar cómo reaccionaba Rebus, quien, a su vez, hizo ingentes esfuerzos por permanecer imperturbable. En todos los años que llevaba en el Cuerpo él no habría hablado más de un par de veces con el ayudante del comisario. Linford sonrió consciente de que había hecho mella en Rebus a pesar de su exterior impasible.
—Claro que —prosiguió—, cuando le mencioné que el inspector Rebus iba a ayudar...
—¿Ayudar? —replicó Rebus irritado, y sólo en ese momento se percató de que Linford también había dicho que él estaría al mando del caso.
—... no quedó muy convencido —continuó Linford sin hacerle caso—. Pero yo le dije que te portarías bien y que trabajábamos bien juntos. Eso es lo que quiero decir con lo de ayudar: tú me ayudas a mí y yo te ayudo a ti.
—Pero tú estás al mando.
Aparentemente a Linford le complació oír repetida su propia frase. Había dado en el blanco.
—Es tu propio jefe quien no quiere que intervengas en el caso, John. ¿Por qué?
—¿A ti qué te importa?
—Todos lo saben, John. Tu fama te precede.
—¿Y contigo al mando la situación va a cambiar? —preguntó Rebus.
Linford se encogió de hombros y no dijo nada; luego se movió en su asiento.
—Para ampliar esta agradable conversación —añadió— quizá te apetezca saber que esta noche salgo con Siobhan. Pero no te preocupes, la dejaré en su casa a las once.
Roddy Grieve y su esposa vivían en Cramond pero la viuda les había confiado que se quedaba en casa de su suegra para hacerle compañía. El caserón, que se alzaba solo situado al fondo de una calle estrecha tenía un aire irregular, quizá debido a sus tejados inclinados o a los relieves en piedra del dintel. No había coches en el camino de entrada y las cortinas de todas las ventanas estaban echadas, como precaución ante un grupo de periodistas y cámaras de un Audi 8o plateado, aparcado frente a la casa. Seguramente estarían en camino también los equipos de televisión. Rebus estaba convencido de que el caso Grieve iba a suscitar interés.
Linford llamó al timbre.
—Bonita casa —dijo.
—Yo me crié en una parecida —dijo Rebus—. Estaba al fondo de un callejón —añadió.
—Y ahí acaba la similitud —añadió Linford.
Les abrió un hombre que llevaba un abrigo de pelo de camello y solapas marrón oscuro; bajo el abrigo, desabrochado, se veía un traje de raya diplomática y camisa blanca desabotonada en el cuello. De su mano izquierda colgaba una corbata negra.
—¿Señor Grieve? —preguntó Rebus, que conocía de sobra por la televisión a Cammo Grieve.
En persona resultaba más alto y distinguido, aun en aquellas circunstancias. Tenía las mejillas sonrosadas por el frío o por las copas que hubiera tomado en el avión, y su pelo entrecano estaba algo revuelto.
—¿Son de la policía? Pasen.
Entraron en el vestíbulo, Linford detrás de Rebus. Había cuadros y dibujos por doquier, no sólo en las paredes, paneladas de madera, sino también en el suelo, apoyados en los zócalos. En el último peldaño de la escalera de piedra se apilaban montones de libros, y, bajo un perchero cargado de abrigos, varios pares de botas de goma de hombre y de mujer polvorientas, todas negras, y unos bastones en el paragüero, además de varios paraguas colgados en la barandilla. En la mesita del teléfono había también un tarro de miel abierto junto a un contestador automático sin enchufar; ni rastro del teléfono. Cammo Grieve parecía encontrarse en su ambiente.