Back En la oscuridad Save as PDF
Contents ( 3)
  1. PRIMERA PARTE
  2. SEGUNDA PARTE
  3. TERCERA PARTE

Allí, entre botes de pintura viejos, sacos de cascotes y herramientas rotas, había aparecido el cadáver.

—No debió de pensar que iba a morir así —musitó Linford mirando el revoltijo de objetos y trastos.

La policía acordonaba el cenador y sus inmediaciones y dispersaba a un grupo de obreros con casco. Muchos de ellos se habían apiñado en el tejado de uno de los edificios destinados a la demolición, y disfrutaban de una vista panorámica del asunto. Sus compañeros tal vez quisieran unirse a ellos y el tejado podía hundirse. No era aún mediodía y Rebus recordó escenarios del crimen de otros casos peores, rogando para que aquél no se complicara más. En la caseta de entrada había comenzado el interrogatorio del capataz de las obras y se quejaba de que le faltaban cascos para tanto policía. Rebus y Linford tenían los suyos, los de la científica descargaban todos los artilugios de su especialidad, un médico acababa de certificar la defunción y habían llamado a los patólogos. A causa de las obras en Holyrood Road, la vía había quedado reducida a una sola dirección controlada por semáforos; con la llegada de coches y furgonetas de policía, y el furgón gris del depósito de cadáveres con Dougie al volante, había colas de vehículos y los ánimos de los conductores se caldeaban, a juzgar por el coro de bocinas que ascendía hasta el cielo amoratado.

—Por el frío que hace creo que va a nevar —comentó Rebus, aun sabiendo que la víspera había hecho buena temperatura y tuvieron un chaparrón como en el mes de abril.

—Da igual el tiempo que haga —replicó Linford, que se moría de ganas de entrar en el cenador para ver el cadáver; pero había que conservar intacto el escenario del crimen sin pisarlo demasiado para no borrar huellas, y él lo sabía.

—Dice el médico que tiene destrozado el cráneo por atrás —añadió asintiendo con la cabeza y mirando a Rebus—. Qué coincidencia, ¿no?

Rebus, con las manos en los bolsillos, se encogió de hombros. Aquella mañana sólo había fumado dos cigarrillos y sabía que Linford estaba intentando algo: probaba con una pista rápida. No contento con el ritmo que llevaba su carrera ya veía un caso, uno de los grandes, que le diera fama y le permitiera estar en el candelero de los medios informativos, y con la opinión clamando por un resultado; un resultado que era él, de eso estaba convencido, quien podía ofrecérselo.

—Era candidato de mi distrito —comentó—. Tengo un piso en Dean Village.

—Estupendo.

Linford sofocó una risita incómoda.

—No te apures, en situaciones como ésta todos decimos chorradas por pasar el tiempo —dijo Rebus.

Linford asintió con la cabeza.

—Dime una cosa —prosiguió Rebus—. ¿En cuántos casos de homicidio has intervenido?

—No irás a decirme eso de que yo he visto más cadáveres que tú películas.

—Es simple curiosidad —replicó Rebus encogiéndose de hombros.

—No creas que he estado toda mi vida en Fettes —añadió Linford cambiando el peso de un pie a otro—. Dios, a ver si terminan ya.